Si hay alguien que dedicó tiempo y esfuerzos a recordar que toda auténtica espiritualidad es una forma de desprogramación, ése es Anthony de Mello.  Creo que tenía razón: vivimos como zombies, quemamos nuestra existencia pasando por ella sin prestar atención a lo que nos rodea, ciegos a la belleza que la caracteriza porque arrastramos con nosotros nuestras miserias, preocupaciones y limitaciones.  No vemos el mundo como es, sino como somos.

La espiritualidad, más allá de un conjunto de normas de conducta o de dogmas en los que creer, es un modo de mirar a la realidad tal cual es, sin interponer entre ella y nosotros mil velos, sin lentes de colores, sin condicionamientos culturales, familiares, sociales o económicos.  El objetivo de la espiritualidad es rasgar el velo de maya para que podamos contemplar la vida en todo su esplendor, tal cual es…  O, al menos, eso es lo que debería ser la espiritualidad…  Aunque, desgraciadamente, no siempre lo sea.

Sólo desde la desprogramación que propone Anthony de Mello como elemento básico de toda espiritualidad sana y verdadera es posible vivir con libertad.  Y sólo en medio de la libertad es posible el amor.  Y sólo desde el amor es posible liberarnos de todo temor.  Y sólo liberándonos de los miedos seremos capaces de superar la pulsión de perseguir seguridades como locos.  Y sólo desde la renuncia a las seguridades podremos convivir en paz, aceptando a todo y a todos tal y cual son, sin sentirnos amenazados por las diferencias que encontremos entre ellos y nosotros. Y, sólo así, todos seremos libres para ser nosotros mismos y para disfrutar del ser de cada uno de quienes nos rodean.

En este sentido, decía de Mello:

Lo que más preocupa a las personas programadas es tener razón.  Parece que su razón estuviese pendiente de la aceptación de las personas, como si fuese un frágil hilo.  Si alguien no la comparte, no sólo se tambalea su razón, sino el ‘ego’, que se encrespa como si lo hubiesen amenazado.

El hombre espiritual no compite con nadie porque ama a todos como son.  

Y añadía:

No imites a nadie; ni siquiera a Jesús.  Jesús no era copia de nadie ni tú tampoco.

Para seguir a Jesús, o a Buda, o a Mahoma, o a Shiva, o al Tao, o a quien quieras seguir, has de descubrir tu esencia y ser fiel a tu naturaleza, sin miedos ni complejos.  Porque eres un rostro único de Dios en este mundo, y no puedes estropearlo disfrazándote de otro por culpa de una mala programación que te ha sido impuesta.  No impongas ni te dejes imponer, de lo contrario estarás renunciando a tu vida más auténtica:

Las gentes programadas se agarran a sus ideas viejas y fosilizadas porque no encuentran otra cosa donde agarrarse para calmar su miedo.  Por eso tienen pavor al cambio; al riesgo que supone lo nuevo.  Incapaces de descubrir que así no viven ni pueden avanzar, prefieren dormir.

Quítate todas las vendas que cubren tus ojos y descúbrete en tu íntima desnudez.  Huye de las religiones y espiritualidades que tratan de imponerte formas de ser y hacer en lugar de animarte a descubrir tu mejor rostro.  No se trata de cambiar el programa que rige tu vida por otro sino de desprogramarte, de despertar, de liberarte desde la verdad de tu más auténtico yo.

¡Qué grande de Mello con su intuición!  ¡Y cuántos problemas le causó su libertad!  Porque la libertad tiene un precio, y debes estar dispuesto a pagarlo si apuestas por la desprogramación.

¿Seremos capaces de hacerlo?

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