Recuerdo haber escuchado a José Antonio Marina afirmar que nada hay más motivador para un mal estudiante que experimentar lo que se siente al sacar un excelente en una asignatura.  En muchos casos es una experiencia transformadora porque, no sólo refuerza la autoestima, sino que te permite degustar las mieles de un éxito que te anima a tratar de repetirlo.

También San Ignacio de Loyola, en sus ejercicios espirituales, trata de que el ejercitante experimente en propias carnes el sentirse perdonado, porque ese perdón no es sólo un bálsamo para el alma sino un acicate natural que te vuelve más comprensivo y abierto a la disculpa del otro.

Experimentar que eres capaz de ayudar a otros en su necesidad -sea ésta del tipo que sea- también te empuja a repetir esa ayuda por el bien de quien sufre y por la propia satisfacción que acompaña a toda obra buena que supone un desarrollo de nuestra humanidad.

Da el paso, atrévete a tener experiencias que te humanicen, que te hagan crecer…  Porque todas y cada una de ellas te animarán a seguir creciendo más y más.

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