Hoy se celebra el día de la Sagrada Familia.  Yo, que tengo cinco hijos, puedo garantizarte que quien afirma que el formar una familia es la vía menos exigente de vida es que no lo ha probado.

Tener una familia es una vía de desarrollo personal y espiritual tan exigente y efectiva como la de la vocación de monje trapense o maestro zen.  Un padre -o una madre- de familia que quieran vivir  con responsabilidad su rol, encontrará mil formas y ocasiones para descentrarse de sí mismo, para olvidarse de su ego y de su egoísmo y para convertirse en un hombre -o una mujer- para los demás. Unos buenos padres están tan desprendidos de su ego como el mejor de los yoguis.

La vida de familia supone el sacrificio de las propias apetencias en el altar de las necesidades ajenas, una escuela de virtudes en la que el amor por los demás ocupa el lugar del «me apetece», una forja en la que nos robustecemos y aprendemos a ser cada día más humanos -y divinos- en medio del mundo… Pero sin ser del mundo.

Hoy es un día para valorar la vida la familia, para reflexionar en torno a la experiencia que pueden aportar los mayores y la energía e inconformismo que ojalá nunca pierdan los más jóvenes.  Hoy es un día para darnos cuenta de que no estás más desarrollado por poder recitar las upanishad o experimentar el satori, ya que también la paternidad -y la filiación, y la fraternidad…- son ocasiones únicas para manifestar y aprender de Aquél que está más allá de toda nomenclatura.

De corazón te deseo que nuestra vida de familia sea una ventana que nos permita asomarnos a esa realidad que tiene mucho de samsara, pero también de taller en el que pulirnos hasta que demos a luz la mejor imagen de nosotros mismos.

Si has escogido formar una familia, haz de ella un camino de perfección y no una losa insoportable que cargues sobre tu espalda.

Un abrazo, de alguien que te entiende.

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