Cada uno es como es, ¡qué duda cabe!  Y a cada uno le funciona lo que le funciona.

Entre la zanahoria y el palo, hay educadores que optan por la primera…  Y otros que prefieren el segundo.  Y conozco a exitosos pedagogos de ambas escuelas, personas que han obtenido resultados fantásticos por vías opuestas.  Cada maestrillo tiene su librillo, y cada aprendiz es como es.

Los palos nos ponen firmes porque a nadie -mejor, a casi nadie- le gusta el dolor, el castigo, la bronca…  Pero en mi caso -y sólo puedo hablar de mi experiencia personal- los palos han podido doblegarme en ocasiones por fuera…  Pero no por dentro. 

Puedes atarme y retenerme para evitar que vuele, pero mi mente, mi corazón y mi alma siguen surcando los cielos…  Y, en cuanto pueda liberarme de tus grilletes, alzaré el vuelo otra vez.  Porque puedes forzar una actuación, pero no una transformación.  Siempre queda un reducto de libertad en lo más hondo de nosotros mismos.

En cambio, la amorosa suavidad de las caricias es capaz de penetrar capas y capas de epidermis para alcanzar nuestros adentros, caldearlos, purificarlos y cambiarnos de un modo imposible de imaginar si no se ha vivido con anterioridad.  La caricia, sin hacer herida, penetra en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestra alma…  Y los embellece ennobleciéndolos.

Ante un error, equivocación, fracaso o decepción, prefiero la caricia al grito, la conversación y la comprensión a la reprimenda.  A mí me funciona mejor, ¿por qué no a ti?

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