La hipocresía tiene mala prensa, y los hipócritas no suelen caer bien.  Normal, es difícil congeniar con alguien que finge cualidades o sentimientos contrarios a los que en realidad tiene.  Inspira desconfianza y cierta grima.

Y, sin embargo, muchos de nosotros caemos a veces en una cierta hipocresía…  Y, cuando lo hacemos, no siempre es por maldad o por un interés egoísta…  ¿Cuántas veces ocultas tus sentimientos, opiniones o posición para no generar un conflicto con los demás?  ¿Cuántas veces te fundes con el entorno por vergüenza o falta de seguridad?  ¿Cuántas veces el miedo te lleva a hacer o decir lo contrario de lo que querrías?

La hipocresía, nos demos cuenta o no, es una forma de dependencia de los demás…  El reconocimiento que el vicio hace de la virtud.  La hipocresía puede nacer de un interés torticero por engañar a los demás, es cierto, pero en la mayoría de ocasiones no es otra cosa que el intento desesperado de ocultar nuestras limitaciones o imperfecciones…  Una respuesta a nuestras inseguridades, un intento de estar a la altura de quienes nos rodean…  Un intento de adecuar nuestra existencia a las expectativas ajenas.

Quien está a gusto consigo mismo no necesita fingir ser de otro modo, se acepta y se muestra tal y como es…  Con todas sus virtudes y defectos, que hacen de cada uno de nosotros alguien realmente único.  Así que, cuando sientas la necesidad de fingir que eres de otro modo, pregúntate: ¿qué es lo que no anda bien de mí, aquí?

Y, desde otro punto de vista, cuando suframos un acto de hipocresía…  ¿No sería mejor preguntarnos qué problema tiene esa persona que finge ser como no es, en lugar de juzgarlo severamente como hipócrita?  ¿Por qué tiene la necesidad -consciente o inconsciente- de buscar nuestra aprobación?

Descubrir nuestras debilidades y aceptarlas como tales, nos vuelve más tolerantes con las debilidades ajenas.  Ocultar nuestras limitaciones a nosotros mismos y a los demás no sólo conduce a la hipocresía…  Sino que nos vuelve peligrosos.

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