¿De dónde nace esta reflexión sobre la Iglesia Espiritual y la Iglesia Institucional?

 

Ayer vi, en Netflix, la película ‘Los dos papas’ -sobre la que ya hablaré en otra ocasión- que me gustó y me hizo reflexionar…  Por otra parte, hoy se celebra San Juan apóstol y evangelista, por lo que el evangelio que corresponde al día es el de Juan 20, 2-8…   Que me ha llevado a retomar algunos temas de la película en torno a la vida de la Iglesia cuando es guiada por el Espíritu.  Voy a transcribir Juan 20, 1-9 para darle algo más de contexto:

El primer día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro había sido removida. Fue corriendo en busca de Simón Pedro y del otro discípulo a quien Jesús amaba y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron para el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Como se inclinara, vio los lienzos tumbados, pero no entró. Pedro llegó detrás, entró en el sepulcro y vio también los lienzos tumbados. El sudario con que le habían cubierto la cabeza no se había caído como los lienzos, sino que se mantenía enrollado en su lugar. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero, vio y creyó. Pues no habían entendido todavía la Escritura: Él había de resucitar de entre los muertos!

Juan 20:1-9
Al meditar el texto, me ha venido a la mente un post que escribí en 2013 en tiempos de Pascua sobre esta cuestión que plantea tanto el evangelio como el film ‘Los dos papas’.  Lo retomo porque me ha parecido tan necesario hoy como entonces para entender lo que está sucediendo y lo que está por venir en la Iglesia Institucional que, como veremos, sigue a la Iglesia Espiritual.

 

La interpretación ‘espiritual’ e institucional del evangelio

 

En aquel post de 2013, decía así:

El domingo pasado, antes de asistir a la Misa Pascual, realicé mi meditación del día con un libro de Javier Melloni que recomiendo a todo aquel que tenga una sensibilidad espiritual similar a la mía: se llama “El Cristo interior”.  Lo he leído cinco veces de cabo a rabo y sigo sacando nuevo jugo en cada una de sus lecturas.

El capítulo dedicado al evangelio pascual es, en mi opinión, impresionante.  El texto del evangelio de Juan, sobre el que medita Melloni y meditaremos nosotros hoy  en base a sus reflexiones, las de Jaume Flaquer en la homilía dominical y las mías propias, dice lo siguiente:

“Salió, pues, Pedro y el otro discípulo y fueron al monumento.  Ambos corrían; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al monumento, e inclinándose, vio las bandas; pero no entró.  Llegó Simón Pedro después de él, y entró en el monumento y vio las fajas allí colocadas, y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con las fajas sino envuelto aparte.  Entonces entró también el otro discípulo que vino primero al monumento, y vio y creyó; porque aún no se habían dado cuenta de la Escritura, según era preciso que Él resucitase de entre los muertos.  Los discípulos se fueron de nuevo a casa”.

Debemos situarnos en el contexto.  El Maestro ha sido prendido, enjuiciado sumariamente y condenado a muerte, a humillante muerte de cruz por blasfemia.  Sus discípulos, asustados, ven como el Mesías que había sido aclamado pocos días atrás en su entrada triunfal en Jerusalén es ahora denostado por un pueblo enfebrecido, y acusado de algo terrible para un judío de la época: herejía.  Entiendo que estuvieran los discípulos reunidos, encerrados en una habitación, preocupados y asustados.  En esas, llegan las mujeres y les dicen que el cuerpo de Jesús ha sido robado del sepulcro, que han ido y no está…  La que faltaba…

Así que Pedro y Juan, el representante de la naciente Iglesia institucional y el discípulo amado, asociado tradicionalmente a la visión más mística o espiritual del cristianismo, acuden a toda prisa a la cueva para ver qué ha sucedido.

 

 

La Iglesia Espiritual, a la espera de que la Iglesia Institucional la alcance

 

El sepulcro vacío, nos dice Melloni, representa el tránsito entre lo antiguo y lo nuevo.  El sepulcro es cuna de una vida nueva.  De la visión que hasta entonces habían tenido sus discípulos de Jesús y su misión, a la nueva comprensión que se deriva del sepulcro vacío y de su resurrección.

El hecho de que Juan llegue primero tiene dos explicaciones: la primera, era más joven y –por lógica- su forma física debía ser superior a la de Pedro.  Pero también existe una interpretación simbólica que no debe pasarse por alto puesto que estamos en el Evangelio de Juan, en el que ni sobra ni falta una coma y todo tiene un sentido mucho más profundo de lo que puede parecer en una lectura literal del mismo: la comprensión cristológica de la comunidad joánica, de la visión más mística o espiritual del cristianismo, es más audaz y llega antes al encuentro con el misterio pascual.  La institución, más mayor y pesada, es más lenta, tarda más en llegar.

Sin embargo, es importante llamar la atención sobre el hecho de que Juan echa un vistazo al sepulcro pero no entra.  Espera a que llegue Pedro y le cede el paso, como muestra de respeto y reconocimiento de su primacía.  No hay cisma, ni enfado ni disgusto…  Juan espera a que llegue Pedro, tolera su lentitud, la comprende, la acepta, no le pide imposibles.

 

 

Los cambios, las conversiones, requieren su tiempo

 

Por si quedara alguna duda sobre esta interpretación, el evangelio ahonda por segunda vez en la misma cuestión:  dice el texto que entra Pedro y ve…  Nada más.  En cambio, cuando entra el discípulo amado, afirma “vio y creyó”.  Juan va más allá que Pedro, sabe leer las señales, tiene una visión más intuitiva o simbólica de los acontecimientos, su lectura va más allá de la forma para penetrar en el fondo…  Y supongo que, de vuelta a casa, debió tratar de compartir con éste su visión y convencimiento de que –según las Escrituras- era preciso que  Jesús resucitase de entre los muertos.  E imagino también que Pedro, más obtuso, no debió ser fácil de convencer, probablemente precisó de un buen tiempo, de reflexión y oración.

Hoy, cuando algunos pensamos que es preciso que la Iglesia recupere parte de esa simplicidad espiritual y evangélica que parece haberse perdido en medio de los fastos, los oropeles y de una institución mastodóntica, corremos el riesgo de querer ir demasiado deprisa hacia el Reino de Dios, o de pedir imposibles.  Si nos vaciamos de nosotros mismos descubriremos a Cristo en nuestro interior, esperando a resucitar…  Pero del mismo modo que la semilla requiere tiempo y morir a sí misma para convertirse en árbol, o que el gusano debe renunciar a su ser y ocultarse en la crisálida para transformarse en mariposa, tampoco nosotros podemos pretender que Cristo surja en nosotros, en nuestra Iglesia o en nuestra sociedad de la noche a la mañana.  Como siempre, más nos vale comenzar por nosotros mismos.

Respecto a la institución, el espíritu de Juan es el que hace avanzar a la Iglesia, el que la dota de flexibilidad, agilidad y vida…  Pero ese cuerpo necesita también de los pesados huesos que le den solidez y unidad, y esa función corresponde a Pedro, a la Iglesia institucional.  Siempre será más lenta, siempre tardará más en llegar, pero debe avanzar con paso seguro y firme, sin los riesgos propios de ese corazón enamorado e intuitivo de Juan que, en ocasiones, puede transitar por caminos peligrosos para sus mayores.

Me gusta cómo lo expresa Melloni:

“Seguimos corriendo en la madrugada de la humanidad.  Unos van más rápido y otros más lento.  Pero la comunión entre unos y otros no debiera perderse, porque todos somos convocados por los mismos signos que tienen significaciones latentes.  La piedra se corre y se abre un espacio que engendra lo nuevo.  Lo Inesperado irrumpe desde ese vacío.  La interrupción ha sido necesaria para que se diera un cambio de nivel.  Por ello, era virgen el sepulcro, para que esa oquedad recibiera con toda su capacidad la semilla de no inédito.


Cada palabra, cada texto, cada comprensión o formulación es una semilla-cuerpo que muere para renacer en un nivel más diáfano de significación.  Sucede de pronto, sin esperarlo.  Se aparta la piedra e irrumpe lo que había germinado en silencio”.

No seamos impacientes, si llegamos antes, esperemos a Pedro a la puerta del sepulcro.  Unidad en la diversidad, diversidad en la unidad.  Respeto, comprensión y paciencia.  Mil caminos, una misma cima.  No lo olvidemos.

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