Vivimos tiempos de utopías (o distopías, según se mire), tiempos en los que soñamos con la perfección humana mediante la hibridación con la tecnología.  El sueño del transhumanismo.

Sin embargo -y sin ocultar todas las bondades que descubro en sus planteamientos- no voy a ocultar que hay algo que me inquieta en este sueño, algo que me lleva -a ratos- a percibirlo como una pesadilla: la historia, por desgracia, nos demuestra que el ansia de perfección conduce a la segregación, a la eugenesia, a un mundo en el que no caben los defectos o limitaciones.  Basta, para recordarlo, asomarse a la Alemania nazi.

Y resulta que, al menos en mi experiencia, es la conciencia y vivencia de mis imperfecciones lo que me hace tolerante con las imperfecciones y deficiencias ajenas.  Es mi propia debilidad la que me lleva a comprender que no puedo exigirle al prójimo que sea alguien sin mácula.

De ahí que no pueda dejar de preguntarme: si lográramos la perfección (más allá de la discusión ética sobre los modos de alcanzarla), ¿seguiríamos siendo capaces de tolerar la imperfección ajena o nos volveríamos intolerantes e inhumanos, un peligroso lobo para todo ser humano que no compartiera nuestra perfección?

Como mínimo, merece la pena reflexionarlo…  Porque me temo que la imperfección propia y ajena nos hace más humanos…  Y no menos.

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