Se hacen locuras por amor, o dicho de otro modo, el Amor es una locura.  Una locura que salva, una locura que crea, una locura que posibilita lo inédito, una locura que mueve el mundo hacia un lugar mejor.

No es fácil estar enamorado y permanecer cuerdo, sensato.  El amor -como decía Enrique Rojas– debe ser inteligente, pero no cerebral, racional, calculador ni frío.  El Amor acepta el riesgo y la incerteza, nos descentra de nosotros mismos y de nuestro egoísmo para poner el eje de nuestra existencia en los demás.  El Amor y la seguridad están reñidos, de lo contrario nunca nos podríamos enamorar…  Porque es imposible saber de antemano si esa historia va a funcionar.

Quienes son del mundo no comprenden al enamorado, no entienden que uno hipoteque su vida al servicio de otra persona, o de los más necesitados… ¿Quién no ha escuchado alguna vez esa frase de ‘con el futuro que tenía por delante -era un crack- y lo dejó todo para acompañar a su pareja a su nuevo destino, o para hacerse voluntario, o cura, o asistente social’…  El Amor tiene su propia lógica, y es distinta, es evangélica…  Nadie tiene un amor más grande que quien da su vida por sus amigos…  Lo dijo Jesús de Nazareth, y es más que una frase bonita…

Me gusta -muchísimo- la historia que narra Anthony de Mello en La oración de la rana para adentrarnos en la lógica del Amor.  Confío en que a ti también te guste.  Dice así:

– Mi amigo no ha regresado del campo de batalla, señor.  Solicito permiso para salir a buscarlo.

– Permiso denegado- replicó el oficial-.  No quiero que arriesgue usted su vida por un hombre que probablemente ha muerto.

El soldado, haciendo caso omiso de la prohibición, salió y -una hora más tarde- regresó mortalmente herido pero portando consigo el cadáver de su amigo.

El oficial estaba furioso: ‘¡Ya le dije yo que había muerto!  ¡Ahora he perdido a dos hombres!  Dígame, ¿merecía la pena salir allá para recoger y traer un cadáver?’

Y el soldado, moribundo, respondió: ‘¡Claro que sí, señor!  Cuando lo encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme:  Jack… Estaba seguro de que vendrías a buscarme’.

La lógica del Amor, ¡qué locura!  Pero qué rica locura sin la que no hay auténtica vida.

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