La semana pasada me reencontré con un compañero de pupitre al que hacía más de 20 años que no veía.  Nos contactamos por Linkedin y quedamos para comer.  Fue fantástico ponernos al día y comprobar que la amistad no entiende de tiempos, y que la misma sintonía que teníamos de niños se mantiene viva ahora que somos adultos…  Pese a que ya entonces, y por supuesto ahora, ambos somos de lo más distinto.

Hago esta introducción para aclarar que la imagen que hoy voy a utilizar como hilo conductor de la meditación del día no es mía, sino suya.  La mencionó de pasada pero quedó grabada en mi mente y le he ido dando vueltas desde entonces.  Me parece tremendamente gráfica y didáctica y, por eso mismo, hoy te la propongo.

Conversando en torno a la rigidez de antiguos profesores, de algunas instituciones y de ciertos padres, constatábamos que en ocasiones podía funcionar pero que -en demasiados casos- acababa dando lugar a un ‘efecto rebote’ de lo más peligroso.  Cuando uno no actúa como le nace del corazón sino como le viene impuesto desde el exterior, lo hace bajo presión y -consciente o inconscientemente- genera cierta resistencia…  Como lo haría un muelle.

Si la presión es suficientemente intensa, mientras ésta no desaparezca el muelle permanecerá en la posición deseada, contraído.  Si la presión desaparece lentamente, el muelle recuperará su posición natural poco a poco, sintiéndose liberado y alegrándose de la desaparición de una presión que no le permitía ser quien es y alcanzar toda su altura.  Si, por último, la presión desaparece súbitamente, el muelle saldrá impulsado hacia arriba y sabe Dios dónde irá a parar y si no acabará abatido en la otra punta de la mesa o en el suelo.

Todos conocemos a personas que ejemplifican con sus experiencias biográficas cada una de estas tres posibilidades y que dotan de validez y eficacia a la imagen del muelle que proponía mi amigo Foncho.

¿Qué podemos aprender de ella?  Que nuestra conducta no debe estar regida por presiones externas que condicionan nuestro crecimiento y ponen en marcha reacciones inconscientes que no sabemos dónde nos llevarán y, como padres, educadores o directivos, que la presión puede funcionar a corto plazo y mientras pueda ejercerse de forma continua pero que no cambia realidades, sólo las disfraza y -a la larga- genera un efecto rebote con resultados absolutamente impredecibles.

Hay que dedicar tiempo al cultivo de una mirada clara, de una mente serena y de un corazón puro.  Sólo así estaremos transmitiendo una moral no impuesta sino que nace del interior de uno mismo y que, por eso mismo, está arraigada en su forma de ser y puede desarrollarse y crecer sin dañar ni perturbar a la persona.

No es fácil, pero es lo único que funciona.  La presión es un camino seguro hacia el ‘rebote’.

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