He repetido mil veces que estoy convencido de que la vida tiene un sentido, que todos tenemos nuestro lugar en ella, que hay algo que sólo nosotros podemos -y debemos- llevar a cabo.  Pero que tengamos una misión no significa que ésta sea fácil.  Ni es fácil descubrirla ni es fácil alcanzar la meta que apunta en el horizonte.

El camino a menudo es largo, tortuoso, escarpado, difícil, cansado…  Además, cuando más agotados estamos es cuando nos da la sensación de que nos hemos perdido.  Y sentimos la tentación de quedarnos en la posada más cercana, o de volver sobre nuestros pasos al refugio en el que hemos convertido nuestro hogar.

Si lo hacemos, causaremos un agujero en la historia, quedará una pieza del puzzle sin colocar, un gazapo sin reparar, una pincelada sin dar…  Y ese vacío nos perseguirá para siempre, en noches oscuras repletas de pesadillas y en jornadas interminables en las que nos sentiremos como zombies sin vida, alegría, esperanza ni corazón.

Por eso te digo: te tome el tiempo que te tome, te cueste lo que te cueste, tardes lo que tardes…  Sigue caminando, no desertes.  Ésa es la gran proeza, ése es el único secreto para llegar un día a la meta…  Y que todos nos beneficiemos de la mejor versión de tu persona.

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