Hace ya mucho tiempo que alguien me puso sobre la pista de cómo mi relación con mis padres había marcado mi relación con Dios.  Después de analizarlo con detenimiento, tuve que darle la razón…  El inconsciente tiene estas cosas.  Con los años, lo he podido comentar con conocidos y amigos y -salvo un par de excepciones- en todos los casos se cumple la norma: la relación con nuestros padres influye muy seriamente en la relación que tenemos con Dios, con el Absoluto o como quieras llamarle.

Hoy lo he encontrado plasmado negro sobre blanco en el libro Aquí está mi corazón, aquí está mi mano’ de William A. Barry, SJ.  Así que lo comparto por si puede resultarte de ayuda para comprenderte mejor:

Nuestra reacción inicial cuando conocemos a una persona está condicionada, en parte, por el modelo de comportamiento que hemos aprendido en la niñez.  Este modelo de mi postura con respecto a los demás podría llamarse ‘por defecto’, para definir la postura espontánea que adoptamos con respecto a otros.  Modelos de este género funcionan normalmente sin que nos demos cuenta.

También en nuestra relación con Dios adoptamos un modelo por defecto; modelo que es el resultado y está influenciado por otros modelos que hemos adoptado a lo largo de nuestra vida cuando hemos tenido que tratar con personas de cierta importancia.  De este modo, las relaciones con nuestros padres y otras personas constituidas en autoridad afectan a nuestro modo de relacionarnos con Dios.

Te animo a dedicar unos minutos a reflexionar, primero, sobre cómo te has relacionado desde niño con tus padres: ¿has tenido una buena relación? ¿Ha sido una relación difícil? ¿Has hablado mucho o poco con ellos?  ¿Les has contado tus dudas y preocupaciones?  ¿Has acudido a ellos cuando has tenido problemas?  ¿Te han apoyado cuando has tenido dificultades?  ¿Has sentido que te entendían?  ¿Has sido un hijo -o una hija- a la que le ha sido fácil pedirle todos sus deseos y caprichos a sus padres, o más bien has preferido contentarte con lo que podías obtener por ti misma? ¿Has tenido una relación cariñosa con ellos, has sentido su caricia?  ¿Has tenido que esforzarte para sentir su orgullo y satisfacción como padres o lo has sentido incondicionalmente?  ¿Te han animado a preocuparte sólo de tus cosas o te han animado a ocuparte y preocuparte por los demás?  ¿Han fomentado que tuvieras un pensamiento crítico, que estudiaras y reflexionaras para formar tu propio criterio o te han propuesto -o impuesto- lo que han creído que eran los mejores valores para regir tu existencia?

Sigue haciéndote las preguntas que te ayuden a desgranar la relación con tus padres y, después, pon las respuestas en relación con tu modo de vivir -o no vivir- la espiritualidad.  Puede que te lleves una sorpresa.

Si es así, piensa si es la relación que quieres tener con tus padres y con Dios y -si no es como quisieras- fuérzate a cambiar.  Porque, aunque a veces podamos parecerlo, no somos autómatas, tenemos libertad…  Aunque ejercerla no siempre resulte sencillo.

 

 

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