Cuando tratamos sobre la medicina del alma, debemos aceptar que ésta tiene sus propias normas y leyes, y que éstas no siempre coinciden con las de la medicina convencional.  Una de ellas, de las más importantes en opinión de quienes entienden, es la que puede sintetizarse así:

La sanación del alma no siempre pasa por la curación de la enfermedad, la sanación del alma parte de la aceptación de los males que nos aquejan

Debemos diferenciar entre la enfermedad de alma y el sufrimiento que nos causa la experiencia de nuestras limitaciones e imperfecciones.  Puede que seamos irascibles, o apáticos, o extremadamente sensibles, o inmutables lindando con lo patológico, puede que seamos pesimistas hasta el extremo o que veamos como un ángel a quien es un demonio dispuesto a alimentar el fuego de nuestro infierno particular…  Ninguno de nosotros es perfecto.  Pero a esa imperfección a menudo sumamos el sufrimiento que nos genera la conciencia de nuestros defectos.  Y eso aun nos abate más, y nos hunde, e impide que remontemos y nos liberemos de los síntomas de nuestro mal.

La sanación comienza con la aceptación de cómo somos ahora, sin engañarnos a nosotros mismos.  Conocernos y aceptarnos (aunque no conformarnos) nos libera de ese padecer que nos generan nuestros propios escrúpulos.  Somos quienes somos y partimos de donde partimos…  Y no pasa nada.  Porque seamos como seamos, somos queridos.

Y, a partir de ahí, busquemos la curación, el desarrollo, la mejora y el perfeccionamiento.  Pero desde esa sanación previa que nos dota de la fuerza interior que sólo se encuentra y se alimenta en el enraizamiento en la esencia más auténtica de uno mismo.

Uno puede estar sano, interiormente, sin ser perfecto.  Lo paradójico es que no hay mejora sin sanación previa.  Aceptémonos para cambiar, o seguiremos padeciendo siempre los mismos males.

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