Si eres jesuita -o perteneces a la familia ignaciana- te ruego que leas hasta el final este post, porque en él voy a pedirte tu opinión y un favor.

No he ocultado nunca mi sintonía con la espiritualidad ignaciana…  Sus aguas sacian mi sed, me nutren y me dan energía para tratar de ir siempre un poco más allá en el desarrollo de la mejor imagen de mí mismo para en todo amar y servir.

Una de las cosas que siempre me ha fascinado de los jesuitas es su libertad y valentía para implicarse en la realidad, para embarrarse en ella y acudir a esas fronteras en las que tan necesario es hacer presente el rostro y las manos de Dios…  Y donde tan ausente se encuentra porque las lindes suelen ser territorio inseguro, peligroso, poco explorado o -directamente- beligerante.

La Compañía de Jesús siempre ha asumido ese riesgo y se ha acercado a los más necesitados material, anímica y espiritualmente porque en ellos encuentra al Crucificado.   Pocas cosas hay más reales y sagradas que el dolor ajeno.  Es preciso descalzarse y acercarse a él con reverencia, amor, temor y temblor.  Y la Compañía lo hace tanto como institución como permitiendo que sus miembros atiendan a sus propias mociones interiores y se impliquen en misiones que -en ocasiones- tienen claros rasgos de insensatez para cualquier organización que se mueva sólo por criterios de seguridad y eficacia.  Pero es que esto no es una empresa, es un hospital de campaña.

Donde haya un problema o una injusticia, donde haya alguien que sufre, allí es muy probable encontrarse con un jesuita…  Por muy incómodo que sea llegar o mantenerse ahí, y por muy dispares que sean esas trincheras.  Me fascina saber que, en todas ellas, de un color y del contrario, es posible encontrar a un miembro de la familia ignaciana que no entiende de banderas porque siente que todas ellas deben rendirse cuando llega el momento de enjugar lágrimas.

Y hoy hay muchas lágrimas que enjugar.  Esta dichosa pandemia está dejando un reguero de sufrimiento y de victimas que necesitan ayuda y consuelo.  La sociedad, la Iglesia y la propia Compañía me consta que se están volcando porque la solidaridad, la hermandad y el amor son más necesarios hoy que nunca.

Hace unos días (en concreto el pasado 21 de diciembre) haciendo mi oración de madrugada, resonaba en mi mente la reciente aprobación de la Ley de Eutanasia en el Parlamento Español.  Ya he escrito con anterioridad sobre la eutanasia, por lo que no voy a repetirme (aquí tienes un extenso post al respecto) pero, en un momento como el actual, en el que los hospitales y las UCI se llenan, en el que los familiares no pueden acompañar a los enfermos en sus ingresos hospitalarios, en el que son muchos los que están muriendo solos en una fría cama de hospital sin poder ser atendidos habitualmente -ni tan siquiera- por los capellanes hospitalarios (que ofrecían compañía y consuelo cuando no había familia o amigos que pudieran ofrecerlo), dar la opción de elegir morir sin ofrecer al mismo tiempo más medios para que uno pueda vivir esa enfermedad dignamente es, cuanto menos, peligroso…  Si no queremos aceptar que supone una clara opción por la invitación a poner fin a la vida de los más débiles, los más necesitados y los menos productivos.

¿Cuántos no pediríamos morir si nos encontráramos postrados en una cama de hospital, con terribles sufrimientos, sin familia que nos visite, sin amigos que nos den calor y afecto, con unos médicos y enfermeras desbordados de trabajo y sin los medios técnicos necesarios para hacer más llevadera esa enfermedad?  ¿No son hoy esos enfermos los nuevos crucificados, los nuevos parias, los nuevos heridos en el camino que necesitan de un buen samaritano que les atienda con entrega y cariño mucho más que de un alma cándida que les dé el tiro o la inyección de gracia?

Puede que la Compañía, tan dada a acudir a las trincheras para instalar su hospital de campaña, tenga una nueva frontera a la que acudir de forma organizada: la última de las fronteras, la del acompañamiento en la enfermedad y la muerte a quienes se encuentran solos.  Un no-lugar repleto de sufrimiento y de incertidumbre en el que un buen acompañamiento (al modo de los Ejercicios) puede ser un bálsamo para el alma y para el cuerpo, cuando no la ocasión de poner en orden y en paz los mil conflictos interiores y exteriores que pueden llevarnos a perder la alegría y las ganas de luchar y vivir.

Las nuevas tecnologías posibilitan habilitar un sistema de acompañamiento por videollamada a través del móvil.  Bastaría -para empezar- una app que permitiera calendarizar los ‘encuentros’ y poner en relación a los acompañantes con los acompañados en función de sus características y disponibilidad horaria…  ¡Cuántas personas, voluntarios en potencia, se encuentran ahora faltos de todo excepto de tiempo libre!  ¿Por qué no emplearlo ayudando a los demás en sus momentos más difíciles?  Debido a lo delicado de la situación, está claro que resulta imprescindible una organización que se encargue de garantizar la idoneidad del acompañante para el acompañado, y de regular el día a día de esos encuentros.  Puede que también fuera bueno disponer una red de profesionales y sacerdotes para quienes requieran sus servicios.

Tal vez sólo sea una ensoñación causada por las intempestivas horas en las que hago mis meditaciones y oraciones pero, ¿y si no lo fuera y alguien tomara el relevo poniendo en marcha esta iniciativa?

Me dirijo a la Compañía de Jesús porque les conozco, he vivido -y vivo- el arte que tienen para acompañar almas, sé de muchos jesuitas cuyos cuerpos les obligan a residir en residencias/hospitales pero que todavía tienen la mente lúcida y el corazón tierno para ayudar y comprometerse.   Sé de la capacidad de la Compañía como institución y sé de su rápida implicación en todo aquello en lo que consideran que son necesarios ‘aunque no forme propiamente parte de su carisma’.  Por eso me dirijo a ellos, pero está claro que la propuesta está abierta a cualquier otro.  De hecho, la he compartido con amigos que son capellanes de hospital, con sacerdotes de otras órdenes e instituciones de la Iglesia…  Incluso con algún obispo y con algunos amigos budistas, rotarios y masones.  Toda ayuda es siempre bienvenida para realizar una buena obra.

Hay una trinchera repleta de heridos junto a la última de las fronteras.  ¿Qué he hecho yo por ellos?  ¿Qué hago yo por ellos?  ¿Qué voy a hacer por ellos?

Por ahora, escribir este post, atender a vuestros comentarios, ver cómo os resuena y rezar para que -si es una buena iniciativa- quien tenga capacidad y medios para ponerla en marcha haga de ella una realidad capaz de curar heridas y sanar almas.

Por ello os ruego que compartáis este post, para que llegue a todos aquellos que puedan convertir el sueño en realidad, sanando heridas y mejorando vidas…  En la frontera con la muerte.

¿Cómo lo veis?

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