Todos tenemos heridas.  No conozco a nadie que no tenga arañazos en el alma fruto de lo que ha vivido.

Hay heridas antiguas y nuevas, superficiales y profundas, cicatrizadas y supurantes…

Vivimos con tanta prisa, que solemos contentarnos con poner una tirita en nuestra maltrecha alma para seguir adelante sin perder el tiempo.  Y la herida sigue ahí…  Puede que hasta olvidada, hasta que duele de nuevo…  O hasta que la infección ya es tan grave que nos obliga a detenernos para centrarnos en su sanación.

Hay formas de oración y meditación que consisten en atender a las heridas, descubrirlas, reconocerlas y buscar el modo de sanarlas.  En ocasiones bastará con ponernos en el lugar de quien nos ha herido para comprender que hemos recibido más daño del que nos han infligido.  Otras veces, será necesario retomar esa cuestión con ánimo de solucionarla.  Algunas, habrá que aceptar conscientemente lo ocurrido y pasar el duelo…  Porque no pasarlo es dilatar el dolor y permitir que el sufrimiento se enraíce en nuestro interior…  Y, sorprendentemente, hay heridas que se esfuman en cuanto les prestamos atención.

Dedica un tiempo hoy a viajar a tus adentros, en una exploración que te muestre aquellos rincones de tu interior que suelen permanecer ocultos en las sombras.  Este descenso no es fácil ni agradable, pero es sanador.  Alumbra tu oscuridad, descubre lo que se oculta en tu inconsciente y -si tú no puedes sanarte- ponte en manos de Aquél -o aquéllos- que son auténticos médicos del alma, taumaturgos capaces de transformar en luz, agradecimiento y amor lo que hoy es oscuridad, resentimiento y dolor.

La sanación de las heridas del alma es posible, y te cambia la vida…  Te resucita

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