¿Todas las normas son iguales?

Decíamos ayer que existen ideas e Ideas.  Hoy podríamos hacer un símil y decir que existen normas y Normas.  O, dicho de otro modo, normas que merecen ser respetadas y otras que no tienen en sí mismas la autoridad que les da su promulgación.

Bajo el mismo nombre -el de norma o ley- se esconden distintas realidades que es importante diferenciar porque, tal y como defenderemos en este post,  no tienen las mismas características ni merecen el mismo trato.  De hecho, no es que no lo merezcan…  Es que en ocasiones exigen un trato distinto…  Si somos capaces de dárselo.

¿De qué depende la ‘fuerza’ de una norma?

Podríamos pensar que la ‘fuerza’ de una norma depende de la capacidad sancionadora del órgano encargado del control de su cumplimiento.  Es un modo de verlo, pero no el mío.  En mi opinión, la ‘fuerza’ de la norma no depende de la posibilidad que existe de ser sancionado en caso de saltárnosla sino de su sintonía con la naturaleza de las cosas.

Quien ostenta el poder no debería mandar cualquier cosa, no debería legislar a su capricho o interés sino atendiendo al ser de las cosas, a la Sabiduría, al respeto ontológico.  Está claro que no siempre ha sido -ni es- así, y que es la ideología la que dicta muchas leyes e imposiciones, no sólo de carácter político sino religioso, moral, profesional, cultural o incluso familiar.  ¿O acaso te crees que tú y yo, como padres, no actuamos en ocasiones como déspotas, sin más razón para nuestras decisiones que el mero prejuicio, el miedo o la improvisación?

La auténtica norma rebosa sabiduría

Las normas de verdad, las que yo escribiría con mayúscula, son el fruto de un conocimiento profundo y amoroso de aquello que legislan.  No puede imponer una norma un necio, o alguien que no conoce íntimamente la naturaleza humana a la que trata de regir.

La norma debe ser algo así como una prescripción del manual de instrucciones del ser humano, o de la vida en sociedad: una recomendación que, al ser seguida, hace que funcionemos, nos mantengamos y nos desarrollemos mucho mejor, ofreciendo nuestro máximo rendimiento y evitándonos averías o problemas de funcionamiento.

El iusnaturalismo no está de moda

La propuesta que estoy haciendo no es nueva, lo sé.  Cuando estaba en la universidad (no me atrevo a decir que estudiaba en ella) ya se explicaba en la asignatura de Filosofía del Derecho la diferencia entre iusnaturalismo y positivismo jurídico.  A grandes rasgos, el primero defendía que la ley brota de la naturaleza de las cosas, y el segundo que es ley todo lo que legisla el poder.  En aquel entonces podía parecer una discusión meramente teórica o académica, pero cada vez estoy más convencido de que no lo es.

Si todo lo que dice el poder es una norma legítima, no hay posibilidad de oponerse de un modo justificado.  No hay discusión posible, no hay enfrentamiento razonable, no hay revolución comprensible…  Ni tiene por qué haber estabilidad…  Porque las normas a las que estaremos sometidos en cada momento dependerán, solamente, de quien ostente el poder…  Y deberá parecernos bien, porque es la Ley.  Se acabó la objeción de conciencia.

No está de moda defender el iusnaturalismo y, sin embargo, dudo que la mayoría de nosotros estemos dispuestos a aceptar como legítimas las leyes que pueda aprobar un parlamento pero que atenten contra nuestra comprensión de lo que es la existencia humana, o la vida en sociedad.  No está de moda el iusnaturalismo en el plano teórico, pero sin ser expertos en la materia, parece que nos rechina que la voluntad de quien ocupa el poder pueda ser Ley.

¿Cómo distinguir qué norma realmente lo es?

Ésta es, en mi opinión, la gran pregunta: ¿qué norma nos vincula?  Y la respuesta, con cierta sorna pero también con mucha profundidad, podría ser: la que permitimos que nos vincule.

Hay normas que respetamos porque no afrentan a ninguno de nuestros valores esenciales, a ningún principio que consideremos indiscutible, a nada a lo que demos especial importancia o a lo que hayamos dedicado demasiado tiempo y -por tanto- no estamos dispuestos a enfrentarnos a una sanción por incumplirlas.

Hay otras normas a las que valoramos como tales porque coinciden con nuestra cosmovisión, defienden lo que consideramos esencial, están alineadas con nuestros valores, sentimos que nos ayudan a desarrollar lo mejor de nosotros mismos y a vivir más humanamente en sociedad.  Son normas que nos son impuestas por la fuerza atractiva de la Verdad, y no por el peso de la sanción que acarrea su incumplimiento.

Por último, hay normas que no podemos tolerar, leyes que nos exigen conductas que entendemos que dañan lo esencial de nuestra naturaleza o de la vida en comunidad.  Leyes que exigen la valentía de plantarse y decir ‘por aquí no paso’.  Hay que ser una persona excepcional para ser capaz de dar ese paso, pero las sociedades sólo evolucionan gracias a personajes capaces de enfrentarse al poder cuando éste se extralimita o atenta contra la naturaleza de las cosas y -muy especialmente- del ser humano: ahí tenemos a un Gandhi, a un Luther King y a tantos otros a quienes admiramos porque se dieron cuenta de que las personas están por encima de las leyes que no surgen de la naturaleza de las cosas sino del capricho del poder.

¿Y qué criterio puede ayudarnos a distinguir una norma de otra?  En el plano personal no es difícil: son legítimas las normas cuyo cumplimiento -aunque exija esfuerzo o sacrificios- te hace más persona, más libre, más capaz de escoger sin condicionamientos externos, más servicial y más humano.

No todas las normas son malas

Termino con una aclaración: en nombre de la Libertad, es fácil que caigamos en el error de pensar que toda norma es una imposición, una limitación de nuestra capacidad de autodeterminarnos y que, como tal, es deleznable.  Si lo analizamos un poco más detenidamente nos daremos cuenta de que no siempre es así.  Que hay normas que, como algunas señales de tráfico, nos ponen sobre aviso de los riesgos que hay en ese camino (un tramo de curvas peligroso, por ejemplo, que hace recomendable disminuir la velocidad para no llevarnos un susto) o ordenan nuestra existencia comunitaria para evitar enfrentamientos innecesarios entre unos y otros (como la señal de contradirección que encabeza este post).

Ojalá seamos capaces de distinguir unas normas de otras, de atender a las que nos llevarán por el buen camino y de oponernos -activa o pasivamente- a las que son fruto del capricho o de la ignorancia de quien detenta el poder…  Sea éste político, militar, cultural, laboral, religioso o familiar.

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