Las tentaciones de Jesús: apostar por la liberación o la esclavitud

 

Hace unos días, me hicieron tomar consciencia de que la narración evangélica sobre las tentaciones a las que fue sometido Jesús en el desierto tiene mucho que ver con la vivencia de la religión como liberación o como esclavitud, como religación con el Espíritu o como encadenamiento a la letra muerta.  Quisiera compartir contigo estas reflexiones, meditaciones e intuiciones ya que a mí me han hecho mucho bien, y pienso que podrían ayudar a algún otro.

 

 

El bautismo de Jesús: toma de conciencia de su identidad

 

De acuerdo con la narración de Mateo (Mt 3, 13-16), da la sensación de que –al recibir el bautismo de manos de su primo Juan- Jesús toma plena conciencia de quién es, despejándose todas sus dudas, dejando en el agua todas sus limitaciones e impedimentos: “Se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y venir sobre Él, mientras una voz del cielo decía:

«Éste es mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias»”.

 

 

Y tú, ¿eres consciente de quién eres en realidad?

 

¿Puede haber algo más conmovedor que sentirte hijo de Dios y escuchar de sus labios que eres fantástico, maravilloso, que Él está orgullosísimo de ti y que te ama con locura?  Si eres capaz de lograr hacer el silencio dentro de ti, y si logras escuchar con el corazón, también tú podrás oír en tu interior el cariñoso susurro que te dice:

“Tú eres mi hijo y estoy orgulloso de ti.  Sé mis manos en el mundo, sé el que tienes que ser, demuestra tu potencial al mundo, hazlo mejor con tu aportación”.  

Tú, como yo, como cualquiera, como Jesús, puedes descubrirte hijo de Dios.  Y si este descubrimiento es real, consciente -y no una simple afirmación memorizada del catecismo- te cambiará la vida como se la cambió a Jesús y se la ha cambiado a tantos otros que han sabido escuchar ese susurro en su interior.

 

 

Discernir el propósito de nuestra vida

Es preciso el silencio para discernir

 

Piénsalo, ¿qué hizo Jesús tras tomar consciencia de su auténtica naturaleza?  Se dio cuenta de que el descubrimiento de quién era en realidad le iba a cambiar la vida, pero todavía no sabía cómo.  Era consciente de que tenía una misión, una tarea a la que dedicar su existencia, sabía que había sido llamado a hacer algo…  Pero todavía no tenía claro qué ni cómoPara discernir cómo debía afectar a su día a día el conocimiento y experiencia de su filiación divina, Jesús se retira al desierto para someterse a una profunda purificación mediante el ayuno, la meditación y la oración.  En ese periodo es visitado por el tentador, y de esos 40 días y 40 noches surge un nuevo Jesús, como era de esperar del simbolismo numérico.

 

 

El número 40 como símbolo de transformación profunda

 

El número cuarenta es, en la Escritura, el propio de las pruebas, de las purificaciones, de los exámenes, de los cambios: los cuarenta años que estuvo el pueblo de Israel en el desierto tras abandonar Egipto; Moisés estuvo cuarenta días en el monte, dando tiempo a su pueblo a crear un ídolo al que adorar; Jonás predicó en Nínive durante 40 días; Jesús resucitado estuvo entre los hombres durante 40 días…  Son muchos los ejemplos, pero hay una correspondencia especialmente inspiradora: el diluvio universal, el que cambió la faz de la tierra, el que puso fin a una vida de pecado y dio lugar a una nueva humanidad que partió del justo y bueno de Noé duró… ¡Cuarenta días y cuarenta noches!

Así pues, esos cuarenta días en el desierto fueron cuarenta días de prueba, de examen, de dudas, de discernimiento, de renacimiento.  Jesús sabe que debe atender a la llamada de su Padre, pero necesita aclarar cómo debe hacerlo…  Y se retira al desierto, al más absoluto silencio y a la máxima simplicidad, para realizar una trascendente meditación y oración que no siempre es fácil llevar a cabo en medio del mundanal ruido.  Gran enseñanza para todos: ante las grandes decisiones de nuestra vida, es preciso tomarse un tiempo de examen y análisis más allá de lo meramente racional.  Es preciso retirarse de la aceleración y problemática cotidianas para poder tomar distancia y dar una respuesta a la situación que resulte libre y acorde con nuestra naturaleza última.

 

 

En medio del silencio se escuchan voces: unas agradables, otras molestas

 

Sin embargo, hay que tener en cuenta que -al hacerse el silencio a nuestro alrededor- comenzarán a hacerse audibles voces que, hasta el momento, se encontraban ahogadas en medio del ajetreo cotidiano: una de ellas es la de Dios, la otra es la del tentador…  Y a ambos hay que escuchar.  La purificación propia del periodo que pasó Jesús en el desierto –y también de la Cuaresma que estamos viviendo- tiene mucho que ver con el expiar, con el tomar consciencia y sacar de nuestro inconsciente lo peor de nosotros mismos, nuestra sombra, nuestros demonios, para transformarlos en luz a través del Amor.  Pero para poder abrazarlos y transmutarlos es preciso dejarlos salir y mirarlos a los ojos…  Y eso no siempre es fácil.

 

 

Las tentaciones de Jesús como aprendizaje para nosotros

 

La tentación se presenta bajo apariencia de bien (sub angelo lucis)

Prestemos atención a las tentaciones que sufre Jesús en el desierto porque son muy clarificadoras.   El tentador no actúa –digan lo que digan algunas lecturas superficiales de este pasaje- de una manera burda, no apela directamente a los vicios o bajezas del ser humano sino que toda tentación se presenta bajo la apariencia de un bien.  Es importante tomar consciencia de este hecho que ya hemos mencionado en algún otro artículo, porque es el motor que nos mueve en nuestra actuación, por lo que –en la mayoría de los casos- cuando cedemos a una tentación lo hacemos por ignorancia y no por maldad.  Y lo que corresponde entonces a nuestra falta es la corrección, y no el castigo.

¿Sobre qué estaba meditando Jesús? Sobre como desarrollar la misión que le correspondía por ser hijo de Dios. Y, ¿te has fijado en cómo comienza la primera de las tentaciones?Si eres hijo de Dios,  di que estas piedras se conviertan en pan”.  Sibilina, la tentación pretende que Jesús no realice su misión, no es una oposición directa, sino que consiste en desviarlo del camino, pervertir su mensaje, invitarle a tomar un camino que no conduce a donde quiere llegar…  Aunque pueda parecer que lo facilita.

 

La primera tentación: las necesidades materiales

La primera tentación hace referencia a las necesidades materiales, y todos –también las instituciones religiosas- la hemos escuchado en alguna ocasión: “Es cierto, tienes una misión importantísima que realizar en tu vida.  Pero para llevarla a cabo te hacen falta medios materiales, tienes que cubrir tus necesidades y la de los tuyos.  Imagina la de seguidores que tendrás y la de gente que se acercará a ti y a la que podrás ayudar si dispones de un lugar adecuado, preparado para recibirles y acogerles en un entorno de belleza y bienestar”.  Anteponer la forma al fondo, lo material a lo espiritual, las cosas a las personas…  La respuesta de Jesús no deja lugar a dudas, y –citando las Sagradas Escrituras- ofrece un criterio que en ocasiones –por desgracia- olvidamos:

“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

 

La segunda tentación: usar el literalismo para promover la manipulación espiritual.

 

Viendo el tentador que la puerta de las necesidades físicas se encuentra cerrada, prueba un nuevo camino… CITANDO UN TEXTO DE LAS ESCRITURAS, como ha hecho Cristo, invita a Jesús a una interpretación literal del mismo para inducirle a ceder al ansia de gloria bajo una apariencia de fidelidad a la palabra de Dios:

“Si eres hijo de Dios, échate de aquí abajo, pues escrito está: «A sus ángeles encargará que te tomen en sus manos para que no tropiece tu pie contra una piedra»”. 

Esto es, le propone presentarse ante su pueblo de forma aparatosa, doblegando voluntades y libertades a base de milagros y muestras de divinidad.  En lugar de que removiera los corazones de quienes le escucharan, prefería el tentador que removiera sus emociones.  ¿Por qué?  Porque es poco amigo de la libertad, y porque la emoción es voluble -hoy está y mañana no- a diferencia de la auténtica conversión del corazón.

 

 

Una experiencia personal que me costó un disgusto… Y un amigo

 

También a este respecto hemos tenido la mayoría experiencias en carne propia o, al menos, muy cercanas.  Recuerdo una de ellas que me afectó profundamente: conocí a una persona –se definía como atea militante- que creía haber tenido una experiencia terrible con el espíritu de su difunta madre.

Por aquel entonces, mantenía yo relación con un sacerdote al que tenía por sensato y ecuánime, de mente analítica pero abierta, que había tenido que hacerse cargo de algunos casos que acabaron demostrándose “sobre-naturales” y de otros muchos que acabó derivando a un psicólogo.  Así que –confiando en su buen criterio y experiencia- concerté una reunión entre ambos para que se conocieran y hablaran.

Me pidieron que estuviera presente…  Y me horrorizó lo que vi…  Tanto me disgustó, que perdí un amigo.  ¿Por qué?  Porque mi amiga se encontraba especialmente sensible ante lo que le había sucedido –un caso muy claro de alucinación derivado de una medicación que estaba tomando en aquel momento, según diagnóstico posterior de un psiquiatra- y el sacerdote dio por sentado que se trataba de un auténtico contacto con un espíritu maléfico sin haber descartado el resto de opciones.  Cuando –a solas- me quejé y le pregunté por qué no había barajado las otras alternativas, me dijo que había que aprovechar el estado de debilidad y alta emotividad en que se encontraba su alma para acercarla a Dios.  Me indigné y perdí un amigo.

 

Dios nos quiere libres

 

Dios nos quiere libres, nos ha creado libres, se ha ocultado a Sí mismo para no doblegar nuestra voluntad…  ¿Quién es pues el hombre para forzar conversiones mediante el recurso a la emotividad o la manipulación?  Muchos en la Iglesia, y fuera de ella (estoy pensando en muchos gurús hacedores de “milagros”) deberían plantearse lo que están haciendo…  Porque están sucumbiendo a la segunda de las tentaciones de Jesús.

Y, ¿cómo respondió Jesús a esta segunda tentación?  Con otro texto de las escrituras: “No tentarás al Señor tu Dios”.  Por partida doble, dejaba constancia de su naturaleza divina y de que, mediante esa tentación, se trataba de pervertir el mismo designio de Dios para los hombres, se trataba de forzar una relación que Dios deseaba que fuera absolutamente libre.

 

 

La tercera tentación: el ansia de poder

 

Ante esta segunda derrota, el tentador abandona el intento de pervertir la interpretación de las escrituras y apela a una de las más poderosas pulsiones que se encuentra en el interior de todo ser humano: el ansia de poder.

“De nuevo le llevó el diablo a un monte muy alto, y mostrándole todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, le dijo: Todo esto te daré si de hinojos me adorares”.

Nuevamente, una tentación por todos conocida:  ríndete a mí, al mundo, y te daré poder, bienes y gloria.  Todo será tuyo si pones tus ojos en la tierra y no en el cielo…  ¡Cuántas veces pervertimos nuestro mensaje o misión por no molestar a los poderosos, a los que pueden favorecernos! ¡Cuántas veces las religiones se han aliado con un poder injusto con la excusa de mantener una situación que les permita ayudar mejor al ser humano y acaban siendo cómplices de su explotación! ¿Ayudar desde la incoherencia?

Jesús tiene clara su función, no pierde de vista su objetivo: ofrecer a los seres humanos un camino para encontrarse con Dios, para religarse con Él, consigo mismos, con su prójimo y con cuanto los rodea.  Y para ello no necesita doblegarse a poder alguno, ni bienes, ni poder, ni gloria…  Sólo es precisa la entrega, el amor y la confianza.  Cultivar el trato con la Fuente de la que brota toda vida, no con los poderosos:

“Apártate, Satanás, porque escrito está: «Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto»”.

 

 

Identificar al tentador para librarnos de él

 

Me parece interesante destacar que en esta tercera y última tentación, Jesús llama al tentador por su nombre, le identifica: Satanás, el opositor, el adversario, el que hostiga… Y, tras identificarlo, se deshace de él.

No debemos esconder bajo la alfombra a nuestros demonios, debemos poner luz sobre nuestras sombras para hacerlas desaparecer…  Este proceso forma parte de nuestro desarrollo espiritual, de nuestra purificación, de ese renacimiento que nos permite poner en concordancia nuestra misión, nuestros dones y nuestra vida…  Secreto último de una existencia lograda y feliz… Fundamento de toda religión que realmente quiera serlo…

Todo está en las Escrituras, en las judeo-cristianas y en las de toda Tradición Espiritual auténtica…  Pero hay que leerlas sin sucumbir ante las tentaciones que sufrió Jesús en el desierto.

 

 

La auténtica religión nos libera, su perversión nos esclaviza

 

Una religión auténtica nos descubre como hijos de Dios, la falsa religión nos encadena a una tristeza sin fin, al peor de los infiernos.  Vale la pena dedicar un tiempo a discernirlas…  La semilla está germinando, apunta un nuevo mundo en el horizonte…  Y sería bueno que formáramos parte de él.  Ojalá sepamos deshacernos de lo que nos esclaviza y abrirnos a aquello que nos libera y hace felices.  Pongamos nuestro grano de arena en esta construcción.  Otro mundo es posible.

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