Recuerdo que, siendo un crío, había pensado mil veces en la suerte que habían tenido los discípulos de Jesús porque -al convivir con Él y haberle visto hacer milagros- no tenían más remedio que creer en Él y ser santos…  ¿Cómo no iban a serlo?

Era la ingenuidad del niño que nace de un gran corazón y de muy poca experiencia.  Porque, si algo nos enseña la vida, es que podemos estar rodeados de milagros y no dejarnos conmover. Porque, ¿no es acaso un milagro que estemos vivos y que nuestro mundo esté dotado de la belleza, orden y sentido que lo caracteriza?  ¿No es un milagro todo lo que nos rodea?  ¿Cuántas cosas -de forma absolutamente inesperada e inexplicable- nos han salido bien cuando todo apuntaba a que iban a ser un fracaso?

Vivimos rodeados de milagros pero, o carecemos de la sensibilidad espiritual para percibirlos, o no nos atrevemos a prestarles atención por miedo a la respuesta que ese descubrimiento exigiría de nosotros.

No somos mejores que los contemporáneos de Jesús, incluso que quienes gritaron ‘crucifícale’.  No es fácil cambiar.  Los milagros no bastan, no son suficiente para que nuestras vidas se enderecen y vayamos por los caminos que estamos llamados a transitar.  Eso es fruto de una decisión y trabajo personal, regados con mucha gracia…  Iniciar ese viaje y levantarse tras cada caída es el auténtico milagro.

¿Vamos a permitir que la gracia actúe en nosotros y nos anime a ponernos en marcha hacia nuestro mejor yo?  De esto va la santidad, y no de cosas raras.  Por eso mismo, todos estamos llamados a ella…  Y es posible que la alcancemos…  ¡Porque nuestra vida es el milagro!

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