Nadie es profeta en su tierra, Cristo lo afirmó y no voy a ser yo quien le lleve la contraria.

Hacía oración la semana pasada con el evangelio de Mateo, 13 y me hizo recordar algo que he vivido -con sorpresa- en varias ocasiones…  Para quienes no estáis muy familiarizados con el Nuevo Testamento, os pongo en antecedentes.  Jesús ha iniciado su vida pública y actúa como un profeta ‘de éxito’ que no sólo transmite una Sabiduría que llena y sorprende sino que lleva consigo la sanación milagrosa, lo que aumenta sin cesar su fama entre quienes le conocen.

Pues bien, en ésas, Jesús visita su ciudad y va a la sinagoga a enseñar.  ¿Qué crees que sucede?  Pues que, en primer lugar, la gente queda fascinada y admirada por lo que dice, por su mensaje y por sus milagros…  Pero, a continuación, empiezan a preguntarse cómo puede ser tan sabio y poderoso si es el hijo del carpintero, el hijo de María, el familiar de sus vecinos…  Puede que le recordaran en su ‘normalidad’ de niño, sin duda creían conocerle…  Y la imagen que se habían formado de él no casaba con la que ahora transmitía.  Y eso les chocaba, y eso les impidió recibir su mensaje y su sanación.

La frase de Jesús -según el evangelista- es tremenda: ‘sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta’.  Y termina Mateo afirmando: y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.

Es sin duda un caso extremo y paradigmático, pero que -si estamos atentos- podremos descubrir a menudo a nuestro alrededor.  Yo lo he vivido con algunos de mis maestros: personas excepcionales, con una sabiduría que he intentado exprimir como un limón porque es única y no es razonable permitir que se pierda y que, sin embargo, no reciben atención especial por parte de sus seres más queridos y cercanos…  Al menos en esas materias, aunque sí en lo personal.

¿Por qué somos así?  ¿Por qué no valoramos la sabiduría y excepcionalidad de quienes tenemos más cerca?  Le he dado muchas vueltas la razón más plausible que encuentro es la siguiente: la intimidad con una persona te permite conocer sus luces y sus sombras, sus mejores y peores momentos, su fragilidad y sus imperfecciones.  Del maestro sólo conoces sus enseñanzas y lo que él te quiera mostrar de su intimidad.  Pero no le ves al levantarse de la cama, no convives con sus enfados, decepciones y fracasos, no comparte contigo sus dudas…  Su imagen, por tanto, reviste una perfección inhumana más propia de una hagiografía que de una biografía.  Y eso refuerza su mensaje.

Si a eso añadimos que las personas -dejo a Jesús al margen- no somos santos, y que vivimos en permanente lucha interna por perfeccionarnos, es fácil que los más cercanos (familiares, amigos y vecinos) al oírnos defender verdades como puños, al oírnos proponer una forma de vida ajustada a la más alta de las Sabidurías, puedan alzar la mano y reprocharnos que no somos coherentes con lo que decimos.  Y será cierto.  Pero olvidan que nadie lo es completamente porque nuestra humanidad es frágil.  Y que el mérito no está en no caer sino en conocer el camino correcto y tratar de volver a él -una y otra vez- para recorrerlo hasta llegar a nuestro destino.

He tenido muchos maestros, algunos realmente excepcionales en su Sabiduría y humanidad.  Pero ninguno de ellos era perfecto.  Todos tenían defectos.  Todos estaban en camino…  ¿Desmerece eso su mensaje?  En mi opinión, ni mucho menos.  Sólo demuestra que son transparentes a un Conocimiento que viene de más allá que ellos mismos, y lo que los dota de mérito -a mi modo de ver- es que, sin ser perfectos, tratan de adecuar su vida a lo que saben que es el camino adecuado, aunque a menudo puedan confundirse, errar el sendero y sentir que sus más próximos no les acompañan en esa senda porque no comprenden que no son falsos sino imperfectos.  Suerte que otros les acompañamos, nos alimentamos de su Sabiduría y -con nuestro aprendizaje- les damos ánimo y energía para seguir adelante.

No seamos necios y miremos a nuestros seres más cercanos con la mirada del que viene de lejos.  Descubramos la grandeza de los nuestros más allá de sus familiares limitaciones e imperfecciones.  Porque todos somos humanos, y estamos por hacer, en proceso.  Así es la vida, y así somos nosotros.  Todos.

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