Hay un rasgo que caracteriza a la mayoría de las mejores personas que conozco: confían -una y otra vez- en que los demás van a cambiar a mejor, y no desesperan aunque una y otra vez sus actos les desmientan.  Al mirarte, siempre ven la mejor imagen de ti mismo, y a ella se dirigen…  Aunque después tú te dejes llevar por lo peor de tu persona y no cumplas con sus expectativas.  No les importa, siguen intentándolo porque saben que ahí, en tu interior, hay un tú que vale mucho más de lo que eres ahora.

No es raro que les consideren imbéciles por confiar en lo mejor de los demás, no es raro que les acusen de necios cuando afirman aquello de ‘piensa bien y acertarás’, no es raro que les engañen y se aprovechen de ellos…  Pero es un riesgo que asumen, porque es el precio que tienen que pagar para que -de vez en cuando- se opere el milagro y los demás demos lo mejor de nosotros mismos.

Es su cruz, soportar y sufrir nuestras debilidades mientras nos animan a cambiar…  Una cruz compartida con un nazareno que murió clavado en un madero hace algo más de 2000 años, se consideren o no cristianos.  Están mucho más cerca de Él que muchos de los que meditamos u oramos cada día y seguimos viviendo como si el pensar mal de los demás fuera el único medio para protegernos y acertar.

Ojalá nos dejemos tocar por su esperanza y llegue el día en que seamos como nos ven, almas grandes y transparentes.

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