Esta mañana he leído un texto de James Martin SJ que me ha hecho pensar…  Trataba sobre la honestidad en la oración.  O mejor, sobre la falta de honestidad en la oración.

Porque, a la idea que apuntaba, era la de que -en demasiadas ocasiones- al rezar no decimos lo que queremos decir, no pedimos lo que queremos pedir, no expresamos lo que queremos expresar ni dejamos salir los sentimientos que bullen por salir…  No somos transparentes con Dios.  En lugar de eso, decimos lo que creemos que quiere oír, nos mostramos como nos parece que a Dios le gustaría que fuéramos, le pedimos lo que consideramos que a Él le gustaría que le pidiéramos…

¿Te imaginas?  ¡Vaya mierda de relación!

Si eres padre, sabrás lo que duele el pensar que tus hijos no tienen la confianza necesaria para hablar contigo con total franqueza.  Duele porque te hace pensar que no entienden lo mucho que les amas.  Porque, si lo supieran, no dudarían que les adorarás sean como sean, se porten mejor o peor, acierten o se equivoquen en sus decisiones.  Tu amor por ellos no depende de su actuación o forma de ser, simplemente les amas…  Y sabes que tu amor puede ayudarles a ser cada día mejores si se dejan tocar y alimentar por él.

No caigamos en ese error.  Somos amados con un amor infinito, somos la loca pasión de un Dios que disfruta de nosotros tal y como somos…  No es un padre perfeccionista, es un padre amoroso y dispuesto.  Respondamos con confianza, transparencia y agradecimiento a ese Amor.  Porque el amor, con amor se paga.

Share This