El mes de enero es, para mí, un periodo con muchísima carga de trabajo.  Es, probablemente, el mes del año en el que más horas dedico diariamente al trabajo, tanto de día como de noche.

Tal vez por ese motivo, me descubrí ayer -al mirarme al espejo- tremendamente serio y con rostro cansado…  Pese a estar reciente, todavía, el ya olvidado fin de semana en el que -aunque dediqué muchas horas a trabajar- disfruté también de pasar mucho más tiempo del habitual con los míos.  Pero mi rostro era un poema, y me pregunté por qué.

De esa pregunta surge este post, porque la conclusión a la que llegué es que me había dejado abatir por todas mis obligaciones, dejando que me cayeran encima como una pesada losa en lugar de distribuirlas en el tiempo priorizándolas por orden de urgencia e importancia, colocando cada cosa en su lugar y reservándome espacios para respirar y disfrutar de lo que realmente nos hace humanos.

No todo es igual de serio, ni de importante, ni de urgente…  Y no podemos tratar de llevarlo todo sobre nuestras espaldas al mismo tiempo, salvo que queramos morir enterrados en un sinfín de tareas y obligaciones.  Podemos tener mucho trabajo, muchísimo, y puede que tengamos que dedicar infinidad de horas para sacárnoslo en los plazos que necesitamos…  Pero no es lo mismo hacerlo a destajo, sin organización alguna, con todo bullendo en la cabeza a la vez…  Que organizarnos una lista de tareas priorizada y un calendario -u horario- en el que nos reservemos unos tiempos para un café, una comida compartida, una conversación de media hora o un ratito de lectura o escritura.  Mi experiencia me dice que se rinde más cuando te oxigenas varias veces al día, pero mi mente a menudo se olvida y me atrapa en la telaraña del estresante ‘todo es igualmente importante y urgente’.

Pues no, no lo es.  Lo más importante eres tú, y tu trabajo sólo saldrá bien si te mantienes entero y equilibrado.  Así que busca tus trucos, que yo seguiré tratando de aplicar los míos.  😉

¿Cómo saber si lo estás haciendo bien?  Porque, a pesar de haber trabajado más de 15 horas, todavía descubrirás una sonrisa en tus labios al mirar a tu pareja, o a tus hijos, o al mirarte en el espejo.  Es la sonrisa del que está satisfecho con lo que ha hecho, con lo que todavía no ha hecho, con lo que va a hacer y -lo más importante- con quién es y cómo está gestionando su vida, priorizando lo importante.

Ojalá siga encontrando esa sonrisa…  Y que este post te ayude a encontrar la tuya.

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