Todos tenemos problemas.  Unos mayores y otros menores.  Unos con solución y otros irresolubles.  Unos que nos afectan directamente y otros que nos duelen porque afectan a seres queridos…  Insisto: todos tenemos problemas.

Y los problemas hay que afrontarlos: hay que mirarlos de frente y plantearnos si tienen solución.  Si la tienen, hay que ponerse en marcha para solucionarlos.  Si no la tienen, hay que mirar si hay manera de minimizar el daño.  Si puede minimizarse, de nuevo hay que ponerse a trabajar. Y si no hay manera, hay que asumir lo que nos viene encima.

Pero asumirlo no significa pasarse el día dándole vueltas a lo mismo, porque eso resulta mortal.  Voy a intentar explicarlo con un ejemplo muy simple: si te pido que levantes con una mano, a pulso, un saco de 100 kg de tierra, y que mantengas el brazo paralelo al suelo durante un minuto…  Me temo que te va a resultar imposible salvo que seas Sansón.  Es la experiencia equivalente a tener que afrontar un gran problema, que escapa a nuestras fuerzas y capacidades.  Por mucho que lo intentemos, no podremos con él, agotará nuestras fuerzas y es muy posible que el esfuerzo nos termine dañando algún músculo.

En cambio, si te pido que hagas lo mismo con una bolsa que contiene 2 kg. de tierra, imagino que podrás hacerlo sin dificultad.  Esos son los pequeños problemas del día a día que, con atención y esfuerzo, podemos ir manejando.  Pero, cuidado, los problemas deben manejarse y apartarse…  No podemos dedicar la jornada a darles vueltas porque…  ¿Qué pasaría si te pidiera que sujetaras esa bolsa con 2 kg de arena frente a ti, con el brazo paralelo al suelo, no durante un minuto sino durante ocho horas?  Sucedería que, muy probablemente, no soportarías el dolor ni el esfuerzo, y el peso te vencería.

¿Acaso era demasiado peso para ti?  No, podías con él.  El problema habrá sido mantener vivo demasiado tiempo el problema en tu mente, prestarle más atención que la necesaria, permitir que -como en un alud- la bola de nieve vaya haciéndose cada vez más grande hasta que nos arroya y arrastra con ella.

A los problemas hay que dedicarles la atención necesaria para solucionarlos, minimizarlos o asumirlos.  Todo lo demás, es un peligro.

Un peligro que demasiado a menudo corremos, por inconscientes.  Un peligro que demasiado a menudo nos daña, por no saber parar a tiempo.

¿Aprenderemos a las buenas, o lo haremos a las malas?

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