Sí, lo sepas o no, tu cerebro y el mío tienen algo en común: son unos cenizos.  Sí, tal y como te lo digo: unos cenizos.

¿Me preguntas qué es un cenizo?  Alguien que siempre está pendiente de lo triste, de lo preocupante, de lo negativo…  Alguien que sólo tiene ojos para lo que no está bien.  No es propiamente un pesimista (que cree que todo va a ir mal) sino alguien con una visión muy sesgada de la realidad, con una miopía que no le permite ver todo lo que de maravilloso, correcto, bello y fantástico tiene cuanto nos rodea.  Y, piénsalo, es muy difícil que un cenizo pueda ser feliz.

Mira si será cenizo el cerebro que Daniel Siegel afirma plásticamente que

El cerebro humano es teflón para lo positivo y velcro para lo negativo

Sin embargo, debemos reconocer que tiene su lógica que nuestro cerebro sea así.  ¿Por qué?  Porque pretende protegernos, mantenernos con vida y alejados de todo peligro. Y para lograrlo debe acumular todas nuestras experiencias negativas, archivarlas y ponerlas a nuestra disposición cada vez que vamos a repetir un patrón que ha acabado mal en el pasado.  Así que podemos afirmar que el cerebro es un cenizo, pero con buenas intenciones.  😉

Lo que sucede es que, paradójicamente, este intento de mantenernos con vida suele asfixiarnos.  Si no tomamos las riendas de nuestra mente, si no la obligamos a prestar atención a todo lo que hay de hermoso en nuestra vida, su tendencia a apegarse a lo negativo nos hundirá, nos entristecerá, nos deprimirá.  Así, puede que el intento de salvar nuestro cuerpo nos cueste el alma, nos cueste la felicidad.

La virtud se encuentra en el punto medio, afirmaban los clásicos.  Y los clásicos rara vez se equivocan, por eso son clásicos.  Así que más nos vale educar nuestra mente, poner en equilibrio nuestra atención a lo bueno y lo malo, a las luces y a las sombras, a lo que nos alegra y a lo que nos pone en alerta.  También ésta es una buena manera de preocuparnos por nuestra supervivencia…  Por el mejor modo de vivir.

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