Ayer estuve tomando un café con un amigo en una cafetería muy cercana a varios colegios…  Craso error cuando lo que quieres es charlar con tranquilidad.

Había junto a nosotros una madre con dos criaturas: un niño de unos ocho años y una niña de unos diez.  Imagino que habían ido a merendar al salir de la escuela.  Digo que lo imagino, porque aquello no era una merienda, era una batalla campal.  Los niños se tiraban cosas, chillaban, corrían por la sala…  La madre -desconozco si por vicio o imperiosa necesidad- no levantaba la vista de su teléfono móvil.  Y te puedo asegurar que motivos había para prestar atención a sus retoños…  De hecho, me temo que el resto de la cafetería sí que les prestábamos atención, no había manera de no hacerlo.

Y sucedió lo que tenía que suceder: un hombre ya maduro, de unos 65 años, elegantemente vestido y de porte distinguido, que llevaba una bandeja con un par de cafés con leche y algo de repostería, fue arrollado por la niña, que andaba corriendo como un galgo entre las mesas, y se le derramó todo lo que llevaba.  No llegaron las cosas a caer al suelo, pero sí que se volcaron, manchándolo todo y provocando un grito de entre estupor y enfado en el atropellado.

El grito fue suficientemente intenso como para que la madre levantara los ojos de la pantalla y descubriera que sus hijos habían sido los causantes del accidente.  Se levantó como una fiera y se puso a chillarles como una energúmena.

Hasta el perjudicado se incomodó y trató de disculpar a la niña.  Pero la madre estaba ‘on fire’ y no dejaba de chillarle de malas maneras.

Y, entonces, ese hombre, demostró una humanidad, sabiduría y entereza que me dejó atónito.  Porque, con voz muy sosegada, le dijo: ‘señora, deje de chillarle a la niña.  Porque, en la vida, o educas o soportas.  Y usted, pendiente del móvil, no estaba educando.  Así que toca soportar’.

Por un momento, pensé que la buena señora le arrancaba la cabeza de los hombros.  Pero no.  Dejó de chillar, bajó la vista, se disculpó y se ofreció a pagarle lo que su hija había derramado.

El hombre sonrió con afecto y quitó importancia a lo sucedido.

Ayer, ése hombre nos educó…  A todos.

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