Recuerdo que, cuando tuve a mi primer hijo hace ya más de 18 años, sentí sobre mis hombros el peso de la responsabilidadHabía traído a la existencia a una nueva vida y como padre -entendía yo- debía tratar de llevarla a buen puerto.

Para ello, en mi mente, planeaba todo lo que tendría que enseñarle, el ejemplo que debería tratar de darle, las experiencias que intentaría procurarle…  Como padre primerizo, imaginaba a mi hijo como un lienzo en blanco sobre el que se debía escribir lo mejor del saber y del hacer humano…

Casi veinte años más tarde, y con cinco hijos en casa, la vida me ha enseñado que sí, que es mucho lo que de nosotros transmitimos a nuestros hijos…  Lo bueno para que lo imiten; lo malo, para que no lo repitan…  Pero también he podido comprobar que educar a nuestros hijos no consiste -sólo- en meterles cosas en la mente y el corazón, sino en permitir que manifiesten y den a luz lo que llevan dentro…  Y en permitir que su ser nos toque y nos transforme también a nosotros.

La paternidad es un camino de crecimiento personal, una vía espiritual o iniciática si se quiere, pero de doble sentido, que no solo consiste en transmitir sino en recibir, no sólo se basa en enseñar sino en aprender.

Me gusta mucho como lo expresa Mario Conde (con quien escribí un libro en el que conversamos sobre lo Divino y lo humano) cuando explica que, cuando su nieto era un bebé, Mario se ponía frente a él, lo tomaba en brazos y hacía que sus rostros se tocaran, frente contra frente. Todos sobreentendían que era para transmitirle sus conocimientos cuando, en realidad, era para tratar de absorber la sabiduría del pequeño.

Así es.  La paternidad, como el vivir, es un dinamismo de sístole y diástole, de inspirar y expirar, de dar y recibir, de enseñar y aprender…  Porque todos somos origen y destino, maestros y discípulos, nudos de relaciones, encuentros imprescindibles de la Vida en la vida.

Ojalá padres e hijos lo tengamos siempre muy presente y podamos así extraer todo el jugo a la experiencia que es la paternidad, algo que va mucho más allá de lo biológico porque implica una relación existencial que es también afectiva, cultural, psicológica y espiritual.

Seamos conscientemente Padres, e Hijos…  Y dejemos que se manifieste el Espíritu…  Amén.

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