No me cansaré de repetir que le debo mucho a la Espiritualidad Ignaciana.  Mi forma de ser vibra y suena con sus recomendaciones, que me funcionan.  Una de ellas, que nunca agradeceré lo suficiente, es el Examen General del día, entendiendo como tal el buscar cómo ha pasado Dios por nuestra vida durante esa jornada, qué nos ha susurrado, qué nos ha pedido, qué nos ha mostrado…

Como que por la noche estoy reventado, es una práctica que he sumado a mi meditación/oración matutina…  Obviamente, respecto a lo vivido durante el día anterior.  No es algo que me haya llegado de nuevo.  En el colegio también me hablaron del examen de conciencia, pero como un análisis de los pecados cometidos durante la jornada.  Teniendo en cuenta que el pecado no es más que el apartarnos de lo que es mejor (en sentido absoluto) para nosotros, es probable que ambas formas de examen traten de lo mismo…  Pero de un modo distinto…  Que me llevó a no hacer el examen diario hasta que descubrí el matiz ignaciano.  Y es una pena porque, sin hacer ese examen diario, vivo con el piloto automático, sin plena consciencia ni presencia, sin estar totalmente presente en lo que digo, hago o dejo de hacer.  Y eso es un problema, porque vivo menos plenamente, menos humanamente…  Y me pierdo mil aprendizajes.

¿A qué viene esta introducción?  A que en el examen diario que he hecho esta madrugada del día de ayer, mi alma y mi corazón se han llevado un bofetón por su mal hacer…  O mejor, por su no hacer…  De ahí el título del post de hoy: pecado de omisión.  Porque tan pecado es hacer el mal como dejar de hacer el bien, aunque no nos guste recordarlo.

¿El bofetón?  Lo explico por si ayuda a alguien más.  Ayer pasamos el día en familia, con mis padres.  Son fechas de alegría y celebración que nos gusta pasar rodeados de nuestros seres queridos.  Estábamos de fiesta y fuimos a comer fuera, a un restaurante sencillo pero coquetón en el que se está más que a gusto.  Aparcamos en un descampado que hay cerca y nos fuimos caminando hacia nuestro destino.  A pocos metros de nosotros, a nuestra izquierda, un padre y un niño de no más de diez años, rebuscaban en los contenedores.  Llevaban un transistor con música flamenca, pero no llevaban abrigo…  Y estábamos a tres grados.  Verlos me partió el alma.  La necesidad ajena siempre conmueve, pero la de un niño -al menos a mí- mucho más.  Lo que me nació en aquél momento -lo que me tocaba hacer- era acercarme y darles uno de los billetes que llevaba en el bolsillo para que, al menos ese día, pudieran vivir un poco mejor.  No les iba a arreglar la vida, pero sí el día. 

Es cierto que con cinco niños, el dinero nunca me sobra, pero está claro que ellos lo necesitaban mucho más que yo.  Si hubiera ido solo, no dudo de que lo hubiera hecho.  Pero no iba solo.  Íbamos todos, y con prisas, como siempre…  Y nadie más hizo el gesto…  Y me pudo -sin que me diera cuenta- la situación.  Y aparqué ese primer impulso, y me fui a comer calentito y a gusto con los míos, sin acordarme más de ese padre -y de ese hijo- hasta esta mañana…  En la que he caído en la cuenta -gracias al examen diario- de mi falta de humanidad.

Ayer pude ser un ángel sin alas, ayer pude transformar mis manos en divinas haciendo llegar a través de ellas alivio y alegría a una familia en una situación difícil.  Ayer Cristo estaba allí, sufriente, y yo pasé de largo.  Me duele ver mi propia inmundicia.  El dolor y las lágrimas, sin embargo, purifican.  Confío en no caer dos veces en la misma piedra y que, la próxima vez que alguien me necesite, me encuentre disponible y presente.  Lo siento de verdad, mi corazón está triste y avergonzado.

Y, acabo de caer en ello, tendré que hablarlo con mis hijos…  Porque les di un ejemplo nefasto.

¿Alguien se preguntaba qué es un pecado de omisión?  Pues eso, dejar de hacer el bien que está en tus manos realizar.

¿Os imagináis a Cristo pasando de largo?  Yo no.

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