Hay quienes son de la opinión de que la distancia entre la razón y el corazón es insalvable…  No es mi caso.

Aunque es cierto que el corazón tiene razones que la mente no comprende, no es menos cierto que uno no debe renunciar a la inteligencia en el amor.

Decía Panikkar que amor y conocimiento no pueden separarse, que sólo se conoce de verdad lo que se ama, y que solo puede amarse lo que se conoce…  Que el amor por la sabiduría camina junto a la sabiduría del amor.

A menudo fragmentamos nuestras experiencias, haciéndonos pedazos a nosotros mismos.  

Ante un hecho, o una persona, tratamos de racionalizar nuestra relación o pretendemos acallar nuestras ideas para dejarnos arrastrar por el impulso del corazón.

Tanto un extremo como el otro resultan peligrosos…  Si los seres humanos tenemos corazón y cabeza no es para que renunciemos a uno de ellos…

Ambos son necesarios, tenemos que ponerlos en relación, armonizarlos, afinarlos, alinearlos…  Sólo así tendremos acceso a lo que los clásicos denominaban la intuición propia del intelecto: esto es, ese conocimiento profundo que surge del acercamiento amoroso a lo conocido.

El conocimiento amoroso abre tanto el corazón como la mente, y hace estallar la distancia entre el conocedor y el supuesto objeto de conocimiento que, al final, se descubre como un icono que nos conecta con la realidad toda.

Porque, aunque no es raro que lo olvidemos, nuestro corazón y nuestra mente tienen un mismo anhelo: la Unidad, el encuentro, la mística experiencia de percibir que tras las diez mil cosas se oculta un mismo rostro, un rostro en el que podemos reconocernos a nosotros mismos.

Afinemos nuestros instrumentos y vayamos más allá de ellos: aprendamos a pensar con el corazón y a amar con cabeza.

Share This