Pensar juntos, qué cosa…  A menudo, mi hijo mayor me hace preguntas de carácter filosófico, antropológico o teológico para las que no dispongo de una respuesta ‘enlatada’.  Ésas son las preguntas que más me gustan porque, en primer lugar, me hacen sentir orgulloso de su curiosidad y afilada inteligencia y -por otro lado- porque me permiten responderle: pues no sé qué decirte, ¿por qué no lo pensamos juntos?

Y a partir de ahí se abren algunos de los mejores tiempos que he pasado con él: conversaciones en las que sus luces y las mías se encuentran, se difractan, se enfrentan, se reconocen…  Pero siempre con la mirada puesta en una comprensión común y con un ánimo de ayuda mutua.  Es delicioso.

En ocasiones, sin embargo, no basta con pensar juntos.  Toca investigar, y hacerlo juntos también es una experiencia maravillosa porque donde no llegas tú llega él, y viceversa.  Que no te frene su edad para intentarlo, te sorprendería de lo que son capaces los jóvenes si les das la oportunidad de demostrarlo.  Su inexperiencia es el caldo de cultivo ideal para la originalidad, para la novedad de sus propuestas y planteamientos.

Pero incluso hay veces en las que sucede otra cosa por la que, si eres sincero contigo mismo y con los demás, tendrás que pasar: la aceptación de que no puedes dar una respuesta, de que aquello que intentas ordenar en tu cabeza la desborda por todas partes, de que el océano no cabe en el recipiente que cada uno de nosotros somos.  Descubrirlo juntos, y aceptarlo con la alegría de quien sabe que así es y así debe ser, también es toda una iniciación en lo intelectual y espiritual.

Pensar juntos es algo que si tu hijo -o tu alumno, o tu amigo o tu pareja- te lo pide, vale la pena que le dediques tiempo y atención.  Porque es difícil encontrar instantes más intensos y fructíferos, que no olvidaréis jamás.  Te lo aseguro.

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