En el post de ayer traté sobre el ‘vivir sin dañar’, sobre el vivir conforme a la ahimsa, esa ‘no violencia’ que ha caracterizado a las almas más grandes que en el mundo han sido.  Sin embargo, el destino tiene un peculiar sentido del humor y, en ocasiones, no tienes más remedio que enfrentarte a una traición, a una acción dañina no sólo para ti sino para los tuyos…  Y tienes que decidir cómo reaccionar.

De ahí nace la reflexión de hoy, porque sólo hay dos alternativas: poner la otra mejilla o responder con una acción tan dañina como la primera -o más- para, en legítima defensa, contrarrestar y tratar de evitar el daño que se te quiere causar.

Digo que hay dos alternativas porque en el plano teórico así es, pero en realidad no hay opción: debes devolver el golpe cuando el ataque no va sólo contra ti sino contra los tuyos…  Porque tienes la responsabilidad de defenderles.

Quienes me conocéis sabéis que no es raro que ponga la otra mejilla, que renuncie a algo que me corresponde en aras de un bien mayor, que tolere el error ajeno, incluso que perdone una traición o un daño…  Siempre que yo sea el único perjudicado, el único afectado.

Pero esta forma de actuar no tiene cabida -al menos en mi opinión y por mi forma de ser- cuando los afectados son personas que, de algún modo, dependen de mí: familiares, amigos, empleados…  En ese caso no hay ahimsa que valga, porque yo puedo renunciar a mi propia defensa pero no a la de los demás.

Aborrezco tener que devolver el golpe, mi naturaleza detesta la violencia, mi mente es consciente de que las espirales que se generan son insanas…  Pero cuando uno ataca a quienes tengo el deber y la necesidad de defender no me queda otra opción que liberar a la diosa Kali y confiar que su violencia y ánimo destructor ponga fin a la maldad sin pervertir mi corazón ni mi alma.

Legítima defensa, devolver el golpe sin dejarse llevar por la ira.  No es fácil, pero es necesario.  Y en eso estamos.

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