No soy feliz, es una frase que he escuchado en demasiadas ocasiones.  ¿Te has preguntado -alguna vez y en serio- por qué no lo eres?

Hace poco he tenido la ocasión de recuperar el contacto con alguien a quien hacía años que no veía.  Nos reencontramos por casualidad y, como suele suceder en estos casos, nos apresuramos a ponernos al día.  Pese al tiempo transcurrido, recuperamos pronto la camaradería y confianza de los tiempos de amistad, aunque la madurez y las canas que tiñen ya nuestras cabezas nos llevaron a tratar temas algo más serios y profundos que los propios de la adolescencia…  Entre ellos, el de la felicidad perdida.

Porque mi amigo me decía que no es feliz, que las cosas le han ido bien pero siente un vacío interior que le angustia.  Pese a tener una vida estable y cómoda en lo familiar y profesional, no se siente a gusto con su día a día.

Le tranquilicé haciéndole saber que no es una excepción, que muchos hemos tenido épocas así en nuestra vida…  Esa sensación de angustia es un aviso de que hemos dejado de lado algo realmente importante para nosotros, algo que constituye nuestra esencia, nuestra naturaleza, nuestra vocación, nuestra misión en esta vida.  Y hay que buscar qué es, y recuperarlo de algún modo, porque de lo contrario te sientes como el buceador que se queda sin aire y no llega a alcanzar la superficie pese a ver ya la luz del sol a través de las aguas.

Va bien volver la mirada hacia atrás, a la infancia y la adolescencia, para recordar cuales eran tus aficiones y tus sueños.  En esos instantes, libres todavía de los condicionantes sociales y familiares, manifestábamos nuestro rostro más auténtico sin darnos cuenta.  Puede ser una buena pista, un buen indicio.

Hicimos juntos esa labor, entre café y café.  Los años de estudios compartidos suponen una mochila repleta de anécdotas y de recuerdos compartidos.  Entre ellos, que mi recién recuperado amigo era un prodigio del dibujo, un apasionado de la pintura y el arte…  Lo que, en demasiadas ocasiones, le causaba ciertas incomodidades en clase al ser descubierto haciendo un nuevo boceto cuando debería estar escuchando a un profesor que era un plasta.

Me confesó que lleva años sin pintar, sin dibujar.  Como no iba a ‘ganarse la vida’ (horrible expresión) con eso, poco a poco lo fue dejando de lado hasta que casi lo tenía olvidado.  Dejó parte de su alma por el camino sin darse cuenta.  Le animé a recuperar su afición de inmediato, le pedí que me hiciera un dibujo -una caricatura, de hecho- de una pareja que había en otra mesa de la cafetería, y que resultaban cómicos por algunos de los peculiares rasgos de sus rostros y atuendos.  No fue algo muy caritativo -fue más bien una maldad- pero era una ocasión que no podía perder.  No se resistió y lo hizo.  Aunque su práctica no es la que era, no ha perdido su toque.  Me reí un montón con el dibujo.  También él rió, y eso me llenó de alegría.  Me prometió dibujar -al menos durante el fin de semana- como hobby, estoy convencido de que le sentará bien.

Este encuentro -y la conversación que lo acompañó- me hizo pensar: ¿cuántos de nosotros estamos renunciando a gran parte de la felicidad que nos está destinada porque hemos olvidado quiénes somos en realidad?  Haz memoria, ¿quién eras de niño?  ¿Quién querías ser?  Si te sientes triste, vacío, insatisfecho…  Plantéate: ¿qué he dejado por el camino?  ¿Qué parte importante de mí he olvidado al crecer?

Puede que sea tiempo de recuperar antiguas aficiones y sueños.  Puede que con ellos regrese la felicidad perdida.

Si es así, házmelo saber.  Me darás una alegría.

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