Un niño pequeño preguntó hace poco a su padre -un amigo al que hace años que no veo- por qué se iba ese día a trabajar. Esa simple cuestión llevó al padre a plantearse si el ir a trabajar por ganar un salario era la mejor de sus opciones o si, por el contrario, estaba renunciando a su vocación, a su particular llamada a mejorarse a sí mismo y a su entorno más próximo.

Su historia me ha hecho reflexionar, de nuevo, sobre para qué trabajamos, qué sentido tiene nuestra labor profesional, y si sólo es posible trabajar en lo que nos gusta… O podemos hacer que nos guste lo que no tenemos más remedio que hacer…

¿Qué opinas tú? ¿Le dedicamos unos minutos a esta cuestión?

 

 

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