Repite conmigo: preguntar NO es de tontos.  Es importante que lo tengas presente, o perderás mil oportunidades de aprendizaje que puede que ya no vuelvan jamás.

No sé si a ti te pasaba -o no- pero a mí, de niño, me costaba muchísimo hacer preguntas en clase.  Todavía a día de hoy me cuesta tener claro si esa dificultad nacía sólo de mi timidez o si, de algún modo, también influía en algo el miedo a que pensaran que era tonto, a hacer una pregunta absurda que causara la hilaridad de mis compañeros.

Obviamente, lo tenía mal entendido.  Pero me ha costado unos cuantos años darme cuenta.  A día de hoy, valoro más una buena pregunta que una buena respuesta.  Porque una respuesta puede ser propia o aprendida mientras que la pregunta es una inquietud personal que actúa como una chispa que permite que la inteligencia lo prenda todo y lo ilumine con su luz.

La pregunta, al contrario de lo que pensaba siendo un niño, no es una muestra de estupidez sino de ignorancia inteligente.  Sí, ignorancia inteligente, la que nos lleva a decir ‘sólo sé que no sé nada…  Pero quiero saber más y voy a intentar que tú me ayudes con mi pregunta’...  Y, de paso, también te ayudo con ella a que te plantees y replantees lo que ya sabes, a que lo cuestiones, a que busques nuevas maneras de expresarlo y comunicarlo para que yo te pueda entender.

No, preguntar no es de tontos.  Lo que es una tontería propia de necios es no preguntar.

Y -por coherencia- termino con una pregunta: ¿cómo lo ves tú? 😉

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