Desde pequeño me han enseñado que la Fe es un don, un regalo, una gracia que hay que pedir.  Sin embargo, todas las tradiciones tienen un rosario de prácticas que acompañan a la vida del creyente con la intención de cultivar y desarrollar su Fe.  ¿Es eso compatible?

Creo que sí y que, además, es fácil de entender.  Todas estas prácticas que menciono (meditaciones, oraciones, ayunos, obras de misericordia, prácticas ascéticas, ritos, liturgias, estudio, visualizaciones…etc.) son actividades que preparan nuestro interior para que la semilla de la espiritualidad fructifique, crezca y se desarrolle.  Es el equivalente a arar el campo, a airearlo, a abonarlo y a sembrarlo…  Ofreciendo las circunstancias idóneas para recoger una buena cosecha.

¿Existe una relación directa de causa-efecto?  ¿Vamos a obtener una gran Fe sólo por llevar a cabo todas las prácticas meditativas, ascéticas y devocionales propias de una tradición espiritual o religiosa?  Ni de broma, puede que sí y puede que no.  Pero, si las seguimos, es más fácil que suceda.

Y, del mismo modo, todos sabemos de personas que sin haber tenido práctica espiritual previa alguna, un buen día, sin previo aviso, sienten la irrupción del Absoluto en su vida y tras una experiencia que podríamos calificar de mística u oceánica, experimentan un despertar que les transforma para siempre y les permite ver el mundo desde una perspectiva, no del creyente, sino de quien tiene una experiencia personal y directa de lo Divino.  Pero son los menos, a día de hoy todavía son la excepción.

Así que, la conclusión en la que podemos convenir es que las prácticas espirituales no son una condición imprescindible para la experiencia de Dios, pero sí que son un camino que promueve y facilita la apertura interior que posibilita la irrupción de lo DIvino en nuestra existencia.

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