Una pregunta que cualquier persona sensata se plantea en algún momento de su vida es: ¿Puedo cambiar?  Digo ‘cualquier persona sensata’ porque es la pregunta que uno se hace cuando se enfrenta -de forma madura y consciente- a sus propias limitaciones o imperfecciones.

Nuestra forma de enfrentarnos a nuestra ‘sombra’ dependerá tanto de nuestro nivel de conciencia como de nuestro estado de ánimo.  Porque, como tengamos un mal día, amplificaremos el problema hasta que nos aplaste como si de una pesada e inevitable carga se tratara…  Aunque puede que -en realidad- no lo sea.

¿Cómo discernirlo con cabeza y corazón?  Lo primero es ser capaces de ver que tenemos un problema, después habrá que admitir la existencia del defecto o limitación, a continuación deberemos plantearnos si somos capaces de superarlo o no y, por último, tocará ponerse manos a la obra o -si no hay solución- aprender a vivir lo mejor posible con esa molesta compañía.

Dicho así, parece fácil. Pero, en la práctica, todos sabemos lo difícil que resulta cambiar.  Entre otras cosas, porque en muchas ocasiones confundimos lo que forma parte de nuestra naturaleza inmutable con lo que es transformable.  Es cierto que tenemos limitaciones físicas y psíquicas, pero muchas menos de las que creemos.

Que siempre hayamos hecho algo de una manera no tiene por qué significar que seamos así y no podamos cambiar: cuántas veces he oído frases como ‘es que yo soy muy perezoso’, ‘es que yo necesito dormir más de diez horas diarias’, ‘es que yo soy muy pasional’, ‘es que yo no he nacido para estudiar’, ‘es que no tengo oído para la música’…  Y, con el tiempo, se demuestra que esa persona era así porque nunca se había propuesto con seriedad el ser de otra manera.  Y, al realizar esas penosas afirmaciones, echaba más peso a la pesada losa que cargaba sobre sus espaldas porque, nuestro inconsciente, termina por creerse las tonterías que repetimos una y otra vez.

Necesitamos cultivarnos y podarnos para crecer adecuadamente.  De lo contrario, viviremos -y moriremos- siendo esclavos de una falsa imagen que hemos creado de nosotros mismos, una imagen que nos atrapa como si de una jaula se tratara.  Esclavos de conductas y comportamientos que, si nos lo propusiéramos, podríamos cambiar.

Tú puedes decidir ser de otra manera, hay muy poco que no puedas cambiar.  Tu poder transformador es mucho mayor de lo que puedas imaginar.  Atrévete a ponerlo a prueba.

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