Todo educador -sea profesor o padre- se ha enfrentado alguna vez a la duda de cuál es realmente su papel: ¿debe conducir a su tutelado por los caminos que él considera firmes y seguros, tendentes a las mejores metas, o más bien debe acompañar al educado por los senderos que éste decida seguir -escuchando a su voz interior- aportándole su experiencia para que supere las dificultades que se le presenten en su caminar?

Esta eterna reflexión, que siempre se ha dado y siempre se dará, se refleja también en las dos etimologías de las que suele hacerse derivar la palabra educación.  Para quien no lo sepa, la etimología -el estudio sobre el origen de las palabras- suele ofrecernos pistas muy interesantes sobre el significado filosófico y profundo de los términos.  En este caso, la etimología nos dice que educación puede derivar de dos términos latinos distintos que apuntan a las dos maneras de entender la educación:

  1. Educare: que se relaciona con la noción de conducir, de llevar de la mano, de dirigir.
  2. Educere: cuyo significado es sacar de dentro, permitir que nazca lo que brota del interior.

Suele interpretarse que estas dos etimologías representan las dos grandes corrientes de la educación: la primera sería la más tradicional, la  que considera que el alumno tiene mucho que aprender, la que moldea al educado en base a la experiencia y los conocimientos de su educador.  La segunda, en cambio, sería la opción más respetuosa con las características propias del niño, con su libertad y sus peculiaridades.  La educación del laissez faire.

Ambas tendencias tienen sus aspectos positivos y negativos, sus luces y sus sombras, su cara y su cruz.  Por ponernos en lo peor: tan poco educativo es el maestro que hace replicas de él mismo en sus alumnos (o el padre que se proyecta en sus hijos) como el educador que no da directriz alguna a su tutelado y le deja hacer en cada momento lo que le apetece, sin dejar que se beneficie de la experiencia que tiene como adulto, retrasando su aprendizaje, obligándole a partir de cero, sin beneficiarse de los conocimientos ajenos y repitiendo los errores -y corriendo los riesgos- que otros ya vivieron en el pasado…  No por elección, sino por desconocimiento.

Puede que, para variar, la educación deba tomar el camino del medio entre educare y educereHay una tercera vía, que es la de conducir al discípulo de la mano a través de prácticas y experiencias que permitan que crezca y se desarrolle lo mejor de su persona a través del fomento de aptitudes y virtudes que lo doten de criterio, discernimiento, voluntad y libertad.  Educar no puede ser permitir que uno haga lo que le apetezca, sino formar a uno para que sea capaz de hacer lo que quiera, eligiendo con amplitud de miras, libertad, cabeza y corazón.

No es un camino fácil, pero sí es un camino hermoso.  Y todos deberíamos transitarlo…  A veces conduciendo a quien lo necesita, y otras, siendo conducidos por quienes han vivido más que nosotros.  Nunca se deja de aprender, nunca…  No lo olvidemos.

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