En la vida hay cosas que no nos gustan.  Y dentro de éstas, hay algunas que podemos cambiar y otras que no.

Si queremos vivir mejor, está claro que deberemos tratar de cambiar aquello que no nos gusta y que está a nuestro alcance transformar.

Pero, ¿y qué hacemos con aquello que no nos gusta y no tenemos la capacidad de cambiar?  Mi experiencia me dice que, en ocasiones, tardamos en darnos cuenta de que esa transformación no está a nuestro alcance, intentando obtener el cambio una y otra vez sin éxito, con el cansancio (y cabreo) que a menudo acompaña al esfuerzo.

Una vez entendemos que no lo vamos a cambiar, sólo veo dos salidas: o vives para siempre con el ceño fruncido, o buscas una nueva manera de pensarlo, vivirlo y afrontarlo que te permita asumirlo mejor y te salve de una úlcera en el estómago.

Lo sé, es fácil decirlo y dificilísimo hacerlo.  También a mí me cuesta.  Pero, al menos, no dejo de intentarlo.  Y, a veces, hasta lo logro  😉

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