Leí ayer en ‘El medio divino‘ de Teilhard de Chardin una idea que me hizo pensar porque demuestra una finura espiritual exquisita, fruto de una profunda experiencia y que, sin embargo, puede ser fácilmente confundida con un relativismo superficial.

Lo que es bueno, santificante, espiritual para mi hermano, que está por debajo o junto a mí en la montaña, quizá es malo, pervertidor, material para mí.  Lo que ayer debía a mí mismo concederme, acaso hoy deba negármelo.  Y, al revés, los actos que hubieran sido una grave infidelidad para un San Luis Gonzaga o un San Antonio, quizá yo deba realizarlos precisamente para elevarme sobre las huellas de estos santos.  Dicho en otras palabras, ningún alma se une a Dios sin haber recorrido a través de la Materia un trayecto determinado, el cual es en un sentido una distancia que separa, pero en otro es, además, un camino de reunión.  Sin determinadas posesiones y ciertas conquistas, nadie existe tal y como Dios lo desea.  Todos tenemos nuestra escala de Jacob, cuyos escalones están formados por una serie de objetos.  No intentemos, pues, evadirnos del mundo antes de tiempo.  Sepamos orientar nuestro ser en el flujo de las cosas. 

Puede parecer relativismo, pero mucho me temo que tiene mucho más que ver con el conocimiento del dinamismo espiritual propio del ser humano.  Porque la espiritualidad es un proceso que tiene sus tiempos y mediaciones, que dependen de nuestro modo de ser, de nuestras circunstancias y del momento en el que nos encontramos.  Todo es mediación para llevarnos a Ti, y hacer del medio un fin es un modo tan seguro de quedarnos por el camino como el renunciar a todo medio…  Esto es una escalada, y bienvenido sea todo lo que nos sirva de apoyo para ascender hasta el próximo escalón…  Está ahí para eso…  ¿Dejaremos perder la ocasión?

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