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Rene Guénon es un autor que no deja indiferente, y lo digo por experiencia. Me topé con él a mis quince años y consiguió que la religión exotérica en la que había sido educado -y de la que me estaba alejando- se enriqueciera y cobrara nuevo sentido gracias a una espiritualidad esotérica a la que pude acceder gracias al simbolismo, y a las claves sobre éste que Guénon ofrecía en sus obras.

Pese a su capacidad de impresionar y atrapar al lector, Guénon nunca se llevó bien con el mundo académico: ni él se sometió jamás a sus modos, ni ellos aceptaron lo que calificaron de escritos carentes de fuentes, arrogantes, vehementes… Escritos que arrogaban a su autor una autoridad que no podía justificarse documentalmente, sino en base a la fuerza de los conocimientos transmitidos y que, desde su especialización y academicismo, no estaban en disposición de acoger.

Con una formación un tanto enigmática, y tras haber pasado por distintas sociedades secretas, iniciáticas, teosóficas y ocultistas de la Francia de principios del siglo XX, el contenido de su obra reaccionaba con ferocidad inusitada contra las desviaciones de éstas y contra los males de su tiempo (muchos de los cuales son también los males del nuestro), tratando de ofrecer una brújula para que sus lectores sean capaces de retomar el rumbo perdido, ése que conduce al centro del que venimos y al que estamos llamados a regresar.

Del mismo modo que Kardec, Guénon prestó mucha atención a las palabras, que utilizaba de un modo estricto, exacto, casi matemático. No quería que el lenguaje se convirtiera en una dificultad, por lo que huyó de la poesía de los místicos y adoptó una precisión, un rigor y una firmeza que, en ocasiones, le lleva a parecer frío, distante, casi inhumano… Pese a estar tratando, ni más ni menos que sobre una metafísica tendente a la realización espiritual.  Como suele repetir un buen amigo y maestro: a la obra guenoniana le sobra razón , pero le falta corazón.

Una de las características definitorias de la obra de Rene Guénon es su vinculación con la idea de Tradición. Propone una metafísica que no es el fruto de una reflexión personal sino de la recepción de un conocimiento revelado por medio de símbolos y transmitido regularmente, un saber capaz de posibilitar la realización espiritual de su receptor si éste dispone de una hermenéutica adecuada.

La hermenéutica necesaria para hacer del símbolo no sólo un medio de conocimiento sino de realización espiritual -asegura- no pasa por la reflexión racional sino por la intuición intelectual, entendido el intellectus como un instrumento suprarracional, supraindividual y adual de conocimiento en el que ser y conocer se funden, posibilitando el acceso a grados superiores de existencia a través del símbolo. Como afirma Jean Borella, destaca Guénon por su intenso poder de penetración en los misterios de las distintas tradiciones espirituales de la humanidad, cobrando todo un nuevo sentido infinitamente más profundo y valioso. La hermenéutica simbólica que Guénon propone dota a cuanto nos rodea de una transparencia que hace visible lo Universal a través de lo particular, al Uno a partir de lo múltiple, permitiendo que el mundo refleje el resplandor del Logos.

La aprehensión de ese Logos dependerá, a su vez, del grado de realización de cada persona. Porque las analogías que unen los distintos niveles de ser no son accesibles para todos, sino para aquellos que sintonizan con ellas y poseen las claves interpretativas necesarias, que las distintas tradiciones han ido transmitiendo a lo largo de la historia.

Es en este sentido que Guénon aborrece los sincretismos y recomienda la fidelidad a una forma tradicional, también en lo religioso. Para él, el esoterismo requiere una vivencia exotérica, y el exoterismo una raíz esotérica (de hecho, él murió como fiel musulmán tras recibir la iniciación sufí). Cada religión -en su opinión- es garante y transmisora de un universo simbólico y de unas claves interpretativas que posibilitan su capacidad de realización espiritual por medio de la iniciación. Y cada símbolo mantiene su vigencia y potencial mientras permanezca dentro del marco de sentido y relaciones que tuvo en su origen. Por eso es tan importante para él acudir a los textos originales en la lengua sagrada en la que fueron escritos, así como ser respetuoso con los ritos que se han recibido. Lo revelado merece ser respetado porque, de lo contrario, es desvirtuado.

Mucho más podría hablarse sobre este autor y sobre aquellos en los que ha influido. Pero nuestro espacio es limitado. Baste por hoy con haber despertado tu curiosidad para que, el día de mañana, te asomes a alguna de sus obras y degustes, por ti mismo, aquello de lo que os he tratado de hablar.

Hay que leer a Guénon, a Coomaraswamy, a Schuon, a Hani y a tantos otros que han seguido, tras sus pasos, las huellas de la Tradición Primordial y de la Filosofía Perenne. Tienen mucho que aportar, y nuevos mundos que descubrirnos.

Anímate, no te arrepentirás.

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