No sé si eres de los que lleva un diario de lo que te sucede cada día, de tus experiencias, reflexiones, preocupaciones o proyectos.  Si no tienes esta costumbre, te la recomiendo de todo corazón.

Yo lo había intentado mil veces y mil veces había fracasado hasta que -hace ya cuatro años- hice el mes de Ejercicios Espirituales ignacianos y me acostumbré a escribir, cada día, un diario espiritual en el que recojo todo lo que me sucede por dentro y por fuera.  Como que es para mí, nada oculto.  Incluso, a menudo, descubro -al plasmarlas en papel- muchas cosas y detalles que me habían pasado por alto.

Pero no quiero convencerte hoy de las virtudes de escribir un diario sino de lo liberador que resulta retomar y releer algunos diarios del pasado, cuando más remoto mejor.  ¿Por qué?  Porque al revisitar tus preocupaciones y miedos de entonces, descubres que la mayoría de ellos sólo existían en tu mente.  Porque te das cuenta de que lo que parecía un problema irresoluble, se solucionó por sí mismo de un modo más simple de lo que jamás pudiste imaginar.  Porque sientes en propias carnes que, pese a lo mucho que has cambiado, sigues siendo el mismo…  Y que pasamos gran parte de nuestra existencia preocupándonos por cosas que jamás sucederán.

Hoy tengo fresca esta experiencia, ojalá aprenda la lección.

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