La Vida, en ocasiones, te pega tales zarpazos que parece que se te va a escapar hasta el último aliento por la herida.  Es ley de vida, ésta tiene luces y tiene sombras.

Cuando el dolor llega, nos enfrenta a nuestra fragilidad, a nuestra dependencia, a nuestra insignificancia, a nuestra nada.  No hay orgullo ni soberbia capaz de soportar la prueba palpable de que nada puedes hacer contra lo inevitable.  La tragedia llega, te arrastra y -pese a que intentes enfrentarla- te das cuenta de que bastante tienes con sobrevivir y tratar de seguir respirando.

En esos momentos, quienes tenemos algún tipo de Fe, solemos tener dos opciones: cabrearnos con Dios y con la Vida, responsabilizándolos de lo que nos está sucediendo y estableciendo entre nosotros y ellos una distancia infinita…  O, por el contrario, buscar en ellos la fuerza y el consuelo que somos incapaces de encontrar en nosotros mismos… Tan cerca de nosotros no había estado el Señor, acaso nunca -decía Arrupe- ya que nunca habíamos estado tan inseguros.

El cabreo -aunque es una respuesta instintiva y natural- sólo aporta más dolor, desconsuelo y sinsentido.

El grito desgarrador de ayuda es también una reacción completamente humana, de quien persigue sobrevivir y se ve incapaz de lograrlo por sí sólo.  Ahí surge una sentida oración de petición, al modo de Getsemaní…  ‘Aparta, Padre, de mí este cáliz’.

Sabes que tú no puedes contener el tsunami que te arrastra, y pides ayuda a ese Dios todopoderoso con la esperanza de que acuda en tu ayuda.  Y, en ocasiones, lo hace y se da el milagro…  Los negros nubarrones inexplicablemente desaparecen y, con ellos, termina la tempestad que nos estaba ahogando.

Pero, en otras ocasiones, parece que nada cambia…  Y la desesperanza -junto a quienes te rodean y valoran con desdén tu Fe- te susurran al oído: ¿para qué rezas si nada cambia, si tu desgracia y dolor siguen ahí?

Y, como estás en shock, en ocasiones prestas oído a sus insinuaciones…  Y te hundes más en tu abismo.

Pero, en otras, recuerdas que los evangelios hablan de un hijo de Dios que se hizo hombre, que rezó con una intensidad que probablemente jamás alcanzaremos y que -pese a todo ello- terminó sufriendo la traición del amigo, el abandono de los suyos, la incomprensión de todos y una dolorosa pasión y muerte de cruz que -muy probablemente- ningún otro ser humano habrá tenido que padecer en sus carnes.  Así que asumes que rezar no te salva del dolor…  Aunque le da sentido.

Es por eso que, ante la dificultad, rezamos pidiendo a Dios que aparte de nosotros ese cáliz pero añadiendo -como el mismo Cristo hizo- ‘pero hágase tu voluntad y no la mía’.  Porque, al orar, confiamos en que incluso el dolor y las dificultades actuales tienen un sentido que ahora mismo se nos escapa, que la Vida es capaz de sacar bien del mal, que las lágrimas que riegan nuestra tierra vuelven a ésta más fértil y que -aunque ahora no seamos capaces de comprenderlo- todo es para bien.

Sí, puede que rezar no cambie las circunstancias ni nos libre de las desgracias, pero nos da un modo nuevo de enfrentarnos a ellas: con confianza y esperanza.  Eso lo cambia todo y nos lleva a soportar lo insoportable.

Pero eso no significa que no haya dolor y lágrimas, los hay.  Es lo propiamente humano.  Cristo sudó sangre en Getsemaní.  Sufrió.  Estoy convencido de que lloró…  Como en otras ocasiones.  Por eso me ponen a parir esos iluminados que, cuando te ven derramar lágrimas ante un sufrimiento indescriptible, tienen la desfachatez de espetarte desde su impecable púlpito de bienestar y superioridad moral: ¿por qué lloras?  ¿Acaso no tienes fe en que es lo mejor?  ¿Tal vez tu confianza en Dios no es más que mera palabrería?  ¡Qué fácil es hablar así cuando el que sufre es otro!  El dolor duele, tengas o no tengas fe.  La diferencia es que, desde una visión trascendente de la existencia, ese dolor no tiene la última palabra y -por tanto- es algo más fácil escapar a la desesperanza.

Algunos dirán que se trata de una mera respuesta infantil de supervivencia psicológica, que esa Fe es una ficción que crea nuestra mente para que no nos rompamos ante un dolor extremo.  No lo creo, mi experiencia me dice lo contrario.  Pero, ¿y si fuera cierto? ¿Y si la fe y la oración sólo fueran una ficción inconsciente para hacernos más fuertes?  ¿Por qué renunciar a ellas si nos ayudan a sobrevivir y recuperar fuerzas en los momentos más difíciles?  ¿No sería más inteligente autoengañarse para estar mejor?

Para mí está claro: ante las dificultades que me superan, rezo.  Y si hay un Dios que acude en mi ayuda, perfecto.  Y, si no, muchas gracias señor Placebo por venir a socorrerme, facilitándome el superar un dolor que -si tuviera que enfrentarlo sólo y sin esperanza- seguro que me arrastraría al más profundo de mis infiernos.

Rezar no nos salva del dolor, pero ayuda.

Te lo dice uno que reza, y sufre…  Como todos.

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