buen pastor

El Papa Francisco -al que algunos han denominado el nuevo Juan XXIII debido a su forma y fondo, así como a causa del huracán de alegría y esperanza que ha hecho surgir en quienes constituyen la Iglesia Católica- comentó, a principios de este mes, que quería pastores con olor a oveja.  Más allá de lo rústico y plástico de la descripción, me parece importante retomar una cuestión sobre la que ya tratamos tiempo atrás (https://www.quimmunoz.com/2012/11/28/el-verdadero-filosofo-humanista-se-hace-entender/ ) y que constituye uno de los males de nuestros tiempos, al que ya Francis Bacon denunció en su momento:

“Los metafísicos se parecen a las estrellas: dan muy poca luz por estar demasiado altos”.

Es cierto que algunos sacerdotes se han alejado de los feligreses, manteniéndose ocupados en escolásticas discusiones de alta teología que a nadie más que a ellos preocupan y enriquecen, ofreciendo complicadas teorías y pesadas obligaciones a un pueblo que está sediento de espiritualidad y trascendencia.  Pero claro, uno no puede dar aquello de lo que carece…

Pero cuidado, que los sacerdotes y religiosos no son los únicos que han olvidado dónde está su lugar ni cuál es su función:  quienes debieran ayudarnos a encontrar nuestro camino se han desnortado…  ¿Qué decir, si no,  de los académicos e intelectuales que han renunciado a cambiar el mundo para limitarse a ofrecer exclusivas y bien pagadas conferencias en las que procuran lucir sus bastos conocimientos frente a los especialistas que acuden a escuchar su oscura verborrea (porque son los únicos que logran entender algo de lo que dicen)?  ¿Qué decir de aquellos pensadores que mudan su opinión y sus escritos en función de lo que les solicitan sus editores? ¿Qué decir de tantos políticos que viven en un mundo aparte en el que, en el mejor de los casos sus problemas no son los nuestros, porque en muchas ocasiones podríamos decir que son la causa de muchos de nuestros problemas?  ¿Qué decir de esos directivos de multinacionales que han acabado creyendo que ellos son el mercado, la mano invisible e, incluso, el Gran Arquitecto del Universo que todo lo sabe y organiza?

Cuando el conocimiento se aleja de la persona, cuando el humanismo se pierde, viene la noche de los tiempos y surgen monstruos que terminan devorando a un mundo decadente y necesitado de luz y calor.  De una luz y calor (una comprensión y amor) que sólo se podrá recuperarse cuando uno se encuentre con lo mejor de sí mismo –con su tesoro oculto- y lo ponga a disposición de quienes le rodean.

El pastor debe oler a oveja, el profesor debe tomarse un café con sus alumnos, el escritor debe comprometerse con su sociedad, el candidato escogido por las urnas debe tener presente que una sociedad es un todo para el que hay que perseguir el Bien Común y quienes ejercen el poder –sea económico y político- deben tener presente que vale quien sirve y que un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Hay que bajar de las alturas, hay que mirar a los ojos a los demás para descubrirnos reflejados en su mirada…  Nuestro bien es su bien, y su bien es el nuestro.  No nos dejemos engañar por las perversiones de una mente que trata de distraernos dando vueltas como las aspas del molino alrededor de un eje que no es más que nuestro ego…  En el descentramiento de uno mismo se encuentra el secreto de la felicidad, en acercarnos a los demás, en escucharles con un corazón comprensivo, en abrazarles, en hablarles para que nos entiendan, en ayudarles, en ofrecer y experimentar su amor, en comprender que somos un nudo de relaciones y en asumir que entre nosotros y nuestro hermano no hay más distancia de la que existe entre nuestra mente y nuestra alma.  Tendamos puentes y derribemos muros…  Ese es el camino que conduce a nuestra liberación, a la salvación, al retorno al Paraíso perdido.


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