Hay quienes, en medio de la pandemia, supieron descubrir en ella lo que tenía de rito de paso, de iniciación metafísica capaz de producir una metanoia que cambiara nuestra perspectiva sobre la existencia y lo que vale la pena en la vida.  A muchos nos ilusionó su sensibilidad, aunque -en mayor o menor grado- dudábamos que la historia apoyara una percepción tan optimista sobre el ser humano y no un rebrote de inhumanidad ante las circunstancias adversas que ya apuntaban por el horizonte.

Superamos la primera ola del covid-19 y, a las pocas semanas, parecía que muchos de los afortunados que seguíamos aquí habíamos olvidado ya a los muertos, los confinamientos, los cierres de negocios, la intranquilidad y angustia por la salud de los seres queridos…  Tanto es así, que muchos obviaron las medidas mínimas de seguridad e higiene: la distancia social, el uso de mascarillas, la constante limpieza y desinfección de las manos…  Y, tal vez por eso mismo, volvemos a estar -por lo menos en España- con nuevos rebrotes y contagios por todas partes.

Es cierto que la función de Mnemósine es, entre otras, la de hacernos recordar lo que no debemos olvidar y borrar de nuestra memoria lo que nada bueno nos aporta revivir…  Pero eso no significa recordar los buenos momentos y olvidar lo desagradable, porque muchas de nuestras enseñanzas y aprendizajes vienen a través de la compulsión, de los bofetones que nos da la vida para despertarnos. 

Sin embargo, si das un paseo por tu ciudad, seguro que en una mañana habrás visto mil ejemplos de responsabilidad…  Pero también otros tantos de incivismo e inconsciencia.  No olvidemos lo que ya hemos pasado ni perdamos de vista lo que parece que está por venir.  Porque parece que se avecinan tiempos difíciles…  Y no tengo yo tan claro que hayamos aprendido a enfrentarnos a la catástrofe con mayor humanidad y no con una dosis extra de egoísmo y fiereza.

Quiera Dios que me equivoque y que todas estas dificultades nos estén preparando para dar a luz lo mejor de nosotros mismos cuando más lo necesitemos.  Porque, de lo contrario, nos espera un futuro dantesco.

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