Leía esta mañana una frase de Voltaire que me ha parecido magistral: no siempre podemos agradar, pero siempre podemos ser agradables.

¡Qué gran verdad!  Si queremos ser personas de una pieza, enteras y coherentes, está claro que no gustaremos a todo el mundo.  Es lo lógico, porque cada uno es como es, piensa como piensa, siente lo que siente, le preocupa lo que le preocupa…  Y las diferencias son una fuente de riqueza pero también de fricciones y enfrentamientos.  Así que dudo que nadie discuta la primera parte de la afirmación de Voltaire: no siempre podemos agradar…

Y más nos vale que no lo intentemos, porque en ese caso deberemos renunciar constantemente a nuestras convicciones, a nuestros valores, a nuestros anhelos…  Volviéndonos seres volubles y vacíos de contenido, que nada tienen que proponer ni aportar.  Es muy triste encontrarte con alguien que con su vida te diga: estos son mis principios…  Pero si no le gustan, tengo otros.

No sé tú, pero yo prefiero a las personas que tratan de ser auténticas, coherentes consigo mismas, y a las que les preocupa más bien poco -lo justo- agradar o desagradar.  Sin embargo -y aquí enlazo con la segunda parte de la frase de Voltaire- es especialmente en estos casos en los que resulta imprescindible ser agradable, muy agradable, siempre.

Hay una locución latina -sobre la que ya hemos meditado en alguna otra ocasión- que lo expresa de maravilla: suaviter in modo, fortiter in re.  Esto es: suave en las formas, y fuerte en la cosa.  La firmeza en las convicciones no está reñida con la suavidad en los modos, con el trato agradable y educado.  Al contrario, se vuelve más preciso que nunca para que la fricción que genera un punto de vista distinto al propio se vea reducida por la amabilidad de la relación, del trato personal y humano.

¿Cómo lo ves tú?  ¿No te parece que en demasiadas ocasiones somos más rígidos en las formas que en el fondo cuando mejor nos iría si lo hiciéramos al revés?

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