No hay espiritualidad sin humanización.

Decía Panikkar que la espiritualidad es una faceta de nuestra humanidad, y creo que estaba en lo cierto.  El ser humano tiene en su naturaleza una tendencia a superar su cuerpo, su mente, su individualidad…  Y dispone de la libertad de cultivar -o no- esa tendencia que le llama a completar su humanización.

Pero incluso cuando decide cultivarla, puede hacerlo de forma armoniosa o de un modo sesgado o desproporcionado que -en lugar de hacerle crecer- le atrofie como persona.  Tan malo es no ejercitar un músculo como forzarlo en exceso a costa de los demás.  Tan limitante resulta obviar la trascendencia como practicar una espiritualidad que nos lleve a renunciar a nuestro cuerpo, a nuestra mente, a los demás o a la Vida. 

La espiritualidad debe abrirnos a mayor vida y relación, en ningún caso debe replegarnos sobre nosotros mismos, porque eso es una peligrosa caricatura de lo que debería ser.  La espiritualidad, para serlo, debe hacernos más humanos, mejores personas, mejores amigos…  Si no es así, cuidado, porque puede tratarse de un lobo disfrazado de cordero…  Y cuando nos demos cuenta, puede que ya sea demasiado tarde.

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