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El tiempo, nos guste o no, es para cada uno de nosotros un recurso limitado…  Y en muchos casos escaso.  Tenemos el que tenemos, nuestra vida dura lo que dura, y ni un segundo más.  En cambio, muchos viven como si fueran eternos, y dejan que se les escapen los segundos entre los dedos, impasibles, desperdiciándolos, sin hacer nada valioso con ellos.  Y, te lo aseguro, la vida se acaba…  Yo estuve el sábado en el entierro de la abuela de un ser querido, y de nuevo tomé conciencia de ello.

Pero, como casi siempre, la muerte me llevó a reflexionar sobre la vida (dejo para otro día la meditación sobre el fin de nuestra existencia terrena) y sobre el uso que hacemos de ella.  Nacimos para algo, tenemos un destino grande, que implica descubrirnos y descubrirlo, desarrollar nuestras potencialidades y ocupar nuestro lugar en el tapiz de la existencia…  De ello depende nuestra felicidad y la de quienes nos rodean…  Y por ese motivo cada segundo perdido, cada instante quemado en banalidades, es una lástima imperdonable, una mota de polvo en la historia, en nuestra vida.

Toma conciencia de esto: hay algo en lo que eres un genio, una misión que sólo tú puedes realizar, un lugar en la historia que sólo tú puedes ocupar, una vida que sólo tú puedes mejorar…  Deja de perder el tiempo, apaga el televisor y céntrate en dar lo mejor de ti en cada instante.  Abre los ojos al mundo, a ti mismo y a tu prójimo…  Eres necesario, imprescindible, así que aprovecha cada segundo en profundidad, dedicándolo a algo que realmente valga la pena.

Te aseguro que, si sigues este consejo, encontrarás una felicidad profunda… Y eterna.

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