martires cristianos

Vivimos tiempos difíciles, tiempos de intolerancia en nombre de un dios cruel que no es -que no puede ser- Dios.  Encendemos el televisor y vemos las masacres de cristianos que se están realizando en distintas partes del mundo, leemos en los diarios el calvario al que están siendo sometidas miles de personas por sus creencias, nos horrorizamos ante las niñas violadas y los niños decapitados en nombre de un dios cargado de odio y sediento de sangre.  No, se le dé el nombre que se le dé, eso no es el resultado de la religión sino de la falta de ella, de su manipulación, de su utilización para fines particulares e indecentes, de su satánica targiversación.

No es algo nuevo ni exclusivo del Islam, son muchas las tradiciones religiosas que han visto pervertido su mensaje y traicionada su esencia convirtiéndose en excusas para la inhumanidad.  También nosotros, los cristianos, realizamos en su momento peligrosas interpretaciones de nuestras creencias y alimentamos nuestras propias guerras santas, las evangelizaciones a golpe de espada y la sangre ajena como elemento sacrificial.  Hubo un tiempo en que olvidamos que Cristo dio su sangre, no la de los demás, para salvación de todos los hombres…

Hoy nos encontramos con que existe un fundamentalismo islámico que atenta contra la esencia más profunda de su religión y ataca a todo el que no se somete a su poder.  Pues el poder -y no la salvación- es el motor de la guerra que está despertando a la peor bestia que el ser humano oculta en su interior y que se está cebando especialmente con los cristianos de Medio Oriente y África.  Hay más mártires hoy que en la época de Nerón, afirmaba el Papa Francisco en Santa Marta hace unos días…  Dice poco de nuestro mundo, del progreso, del desarrollo de nuestra humanidad.

¿Que hacer ante esta encrucijada?  Está claro que lo primero es proteger a quienes están en peligro, impidiendo que sigan adelante las atrocidades.  Es imprescindible poner fin a esta espiral de violencia de forma inmediata.  Pero después, ¿qué?  Hay quienes abogan por la venganza, por armar a los cristianos y darles rienda suelta, por tomar represalias, por recurrir a las mismas estrategias que ellos han tomado para terminar con el agresor…  Pero quien a hierro mata, a hierro muere…  Y no hay más Guerra Santa que la que se libra contra las propias miserias, la Gran Yihad del Islam.

El problema no está en el Islam, sino en la falta de Islam.  Tal vez Occidente debiera plantearse que la solución a esta barbarie -que, además, puede terminar llegando a nuestras tierras- no pasa por arrinconar o eliminar a la religión del Profeta sino por ayudar a que desarrolle la semilla de bondad que se encuentra en su esencia, apoyando aquellas lecturas e interpretaciones que fomentan la espiritualidad por encima de las relaciones políticas o de poder.  No todos los musulmanes son terroristas, los hay -y muchos- que viven su religión como lo que debería ser: un camino de encuentro con la Divinidad.  Démosles voz hasta que sus oraciones acallen los gritos de odio de quienes arrojan el nombre de Dios contra sus enemigos.  Ayudémosles a que se fomente ese encuentro imprescindible para que los creyentes de distintas tradiciones nos volvamos aliados en la Gran Guerra Santa, en esa que cada uno debe librar contra sus propios demonios y que lleva a escribir en el Dhammapada budista:

«Si un hombre conquistase en una batalla a un millar y a otro millar; y si otro hombre no se conquistase más que a sí mismo, éste sería el mayor guerrero: porque la mayor de las victorias es la victoria sobre uno mismo».

O, como con mayor detalle apunta el Uttaradhyayana Sutra del jainismo:

«Si un hombre conquistase a un millar en una batalla y otro hombre se conquistase a sí mismo, suya sería la mayor victoria.  ¿Para qué luchar con otro hombre?  Lucha contigo mismo u obtén la dicha y la gloria verdaderas»

Ojalá llegue el día en que asociemos el nombre de Dios -sea cual sea la denominación que le demos- con aquello que de Verdadero, Bello y Bueno nos trae la Vida, con nuestro mejor rostro,  y no con los peores odios y demonios que se esconden en la oscuridad de nuestras incontroladas almas.  Así sea.

Share This