Sólo sé que no sé nada, afirmaba Sócrates, filósofo grande entre los grandes.  Pero de eso hace ya muchos siglos.  Hoy, más bien, se ofrece micrófonos y altavoces al necio que se siente satisfecho y orgulloso de lo poco que sabe, o de lo poco que cree que sabe.  Porque su mirada es muy limitada, carece de perspectiva y no ve más allá de su nariz, o de su ombligo.

Cada uno nace con unos dones, unos talentos, un temperamento y unas circunstancias personales.  Vivir es transitar de la semilla que hay en nosotros al frondoso árbol que podemos llegar a ser.  No nacemos hechos, nos hacemos y somos hechos.  Vivir es crecer.  Y al crecer, al ganar en altura como el árbol, se ensancha nuestro campo de visión, y descubrimos nuevos mundos, nuevas realidades que desconocíamos y nos llenan de asombro y preguntas.  Nuestro campo de conocimiento se amplía con cada nueva cosa que conocemos, cada camino que tomamos nos muestra nuevos senderos ocultos que nos llaman a ser transitados.  Cuanto más avanzamos, más consciencia tomamos de cuánto nos queda por transitar, de cuánto nos queda por conocer y descubrir.

Me gusta la imagen de la montaña por la que uno asciende desde la base de la ladera.  A medida que vas subiendo por ella, el paisaje que hay ante tus ojos también se va ampliando…  Y más y más a medida que más altura alcanzas.  Y al final no puedes más que reconocer que, por mucho que hayas aprendido, eso no es más que una gota de agua en un insondable océano.

Ante esa perspectiva puede haber quien se agobie y deje de hacerse preguntas (porque sabe que nunca podrá responderlas todas) y hay quien no puede dejar de caminar porque se siente fascinado, enamorado diría yo, ante la visión que tiene ante sus ojos.  Ese enamorado es el filósofo, el que pese a ser consciente de su ignorancia -de todo lo que le falta por saber- siente en sí el deseo irrefrenable de seguir penetrando la realidad, como el niño que no deja de encadenar preguntas, una tras otra, para tratar de hacer suya una realidad que le sorprende y fascina.  No hay más motivo, como no lo hay para el Amor.

Tan incómodo es el filósofo como el niño.  Y no porque hagan preguntas, sino porque -al preguntarnos- nos hacen tomar consciencia de que nos faltan muchas respuestas, de que nos hemos acostumbrado a vivir con el piloto automático, sin vivir a fondo, sin cuestionarnos a fondo.  Los niños preguntones cansan, los filósofos también…  Pero nos cansan de nosotros mismos y de nuestra propia estupidez y superficialidad, a las que tratamos de no prestar demasiada atención.

Lamentablemente, preferimos vivir con falsas seguridades, con una mirada a ras de suelo, que no se eleve demasiado para no descubrir terrenos desconocidos, prestando atención sólo a lo conocido, sin ánimo de aprender nada nuevo, bajo la ficción de que sabemos mucho y todo está controlado.  ¡Qué pena me da descubrir a alguien que ha renunciado al deseo de seguir cuestionándose, preguntando, poniendo en duda lo que cree conocer!  Una de las frases que más me ha dolido escuchar es la de ‘ya estoy muy mayor para discutir con nadie,  ¿qué me va a aportar de nuevo?’.  Ese cansancio intelectual es la antesala de la muerte del pensamiento, del crecimiento, es como el brote que se seca y se retuerce sobre sí mismo para caer de nuevo -y sin vida- sobre la árida tierra.

No renunciemos a preguntar.  Cada pregunta es una muestra de vida intelectual, una oxigenación de nuestra mente, un ensanchamiento de nuestra alma.  Al preguntar -en contra de lo que los necios piensan- no pones de manifiesto tu necedad sino tu curiosidad e inteligencia, tu percepción de que hay algo que se te escapa más allá de lo que ya conoces.  Cada pregunta nos desvela, a nosotros mismos y un fragmento de la realidad que nos rodea.  Cada pregunta es un paso más por la ladera de la montaña que mencionaba al comenzar el post.

Atrevámonos a seguir avanzando por ella a pesar del cansancio y del vértigo.  Mil mundos nuevos nos esperan.  Y en cada uno de ellos, nos descubriremos a nosotros mismos de un modo nuevo.

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