Vivimos en un mundo de apariencias, de fuegos artificiales, en el que uno se oculta tras una máscara, tras una representación, tras una coraza, tras un personaje, para mostrarse ante los demás como lo haría postureando en Instagram.  Porque queremos gustar y quedar bien, porque queremos fardar, porque queremos controlar la imagen que los demás tienen de nosotros…  O porque queremos convencernos a nosotros mismos de que, en realidad, somos el papel que hemos decidido interpretar.

No nos damos cuenta de que, con nuestra forma de actuar, estamos dando por sentado que el mundo que nos rodea nos es hostil.  Porque uno se camufla ante la amenaza, mientras que no es preciso travestirse frente al amigo, porque éste accede a tu intimidad, te conoce, sabe quién eres, de dónde vienes, a dónde quieres ir…  Conoce tus caídas, tus heridas, tus cicatrices y tus anhelos…  Y, conociéndote en profundidad, te mira a los ojos con una sonrisa y te invita a ser mejor.

Sé que no es fácil, yo soy el primero que a menudo me descubro incapaz de mostrarme tal y como soy, sin máscaras.  Pero es el camino más sano para nosotros mismos y para los demás.  Porque es la única manera de poder compartir quiénes somos de manera que nuestros dones enriquezcan y beneficien a todos aquellos que nos rodean.

¿Nos atreveremos a quitarnos todos los disfraces?  Merecemos ser descubiertos…  Estoy convencido.

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