Creo recordar que era Dorothee Sölle quien afirmaba que a los bienpensantes y bienestantes europeos nos da pánico la religión, que nos aterroriza, que le tenemos más miedo que a la parca.

Normal, porque nuestro bienestar material y el bienpensar superficial que nos caracteriza se sienten amenazados por la profundidad de los postulados de las tradiciones espirituales…  Y eso sin entrar en la exigencia que se deriva de cualquier experiencia mística de religación con Dios, con nosotros mismos, con los demás o con el cosmos.

No nos gusta lo que nos pueda ‘despertar’ y obligarnos a mover de nuestra zona de confort.  Nos gusta el sopor propio de la modorra vital.  De una vida sin profundidad pero tranquila, sin aventuras trascendentales pero entretenida, sin epopeya…  Pero sin grandes tragedias.  Lo dicho, pánico al compromiso…  Aunque pueda ser el camino a una vida más plena.

Es cierto -no podemos engañarnos- que el ejemplo de un gran número de personas que nos llamamos espirituales o religiosas no ayuda a tomar esa senda.  Pero el ejemplo de otros muchos sí.  ¿Por qué, entonces, preferimos quedarnos con los peores ejemplos, con el ejemplo del cura pederasta y no con el del cura que dedica su vida a ayudar a salir a toxicómanos del pozo en el que viven?  Seamos sinceros con nosotros mismos: lo hacemos por comodidad y cobardía, porque así podemos seguir con nuestra mediocre vida sin sentirnos culpables ni responsables por no tomar un exigente camino que parece conducir a un lugar mejor…  Para nosotros y para los demás.

Es cierto que existen templos que parecen cementerios de espiritualidad, pero no es menos cierto que existen muchos otros en los que se encuentra la semilla de nuestra divinidad y humanidad.  Existe una religiosidad cargada de potencial humanizador y divinizador.  ¿Por qué no nos atrevemos a dar el paso y buscarla, allí donde se encuentre?

Voy a contarte un secreto: esa religión no está lejos, está en lo más profundo de tu corazón.  En cada latido puedes encontrar el eco de un Dios que quiere llenar tus días de vida y tu vida de sentido y alegría.  Hay mil caminos para llegar a Él, basta con que te animes a caminar…  Porque saldrá a tu encuentro…  Siempre lo hace.

 

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