Preguntarse si es sensato traer hijos a un mundo que se desmorona no es una mala pregunta.  De hecho, es una cuestión que he visto plantearse a bastante gente a la que considero buena e inteligente.  La idea de fondo es: ¿voy a condenar a una criatura a sufrir una existencia como la que le espera en un decadente mundo como el nuestro, en el que el planeta y la propia humanidad parece se han abocado a una imparable espiral de aniquilación?

Sí, cuando miramos a nuestro alrededor hay mil motivos para que nos caiga el alma a los pies…  Y los ánimos con ella.  Pero, aunque no nos demos cuenta, estamos cediendo al pesimismo, al no hay esperanza, al ‘esto es lo que hay’.

Cuando una persona a la que aprecio me pregunta si es sensato tener hijos en un mundo que se desmorona, me gusta recordar una idea que leí a Tagore y que, desde entonces, he hecho mía: cada nueva vida es una muestra palpable de que Dios no ha perdido la esperanza en el ser humano…  Y yo añado, ni el ser humano en Dios.  Porque cada nueva vida es una oportunidad única de remendar algún mal de este mundo, cada nueva existencia es una posible solución a uno -o muchos- de los males que nos aquejan.

¿Que el mundo está fatal?  Puede, pero tu hijo puede hacer que esté algo mejor…  Y eso dará sentido a su vida, y eso le hará feliz…  Y, al ser feliz, te agradecerá que le hayas dado la vida…  Y todos a los que ayude te lo agradecerán tanto como él.

Así que ahí tienes mi respuesta, en forma de cinco hijos que he traído a este mundo y que me llenan, no sólo de afecto, alegría, cariño y orgullo sino de una profunda esperanza en que este mundo sea mejor gracias a que ellos existen.

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